Aunque toda la atención de los últimos meses ha estado centrada en el problema de la estructura territorial del Estado, lo cierto es que tenemos en este país otros más importantes, a los que obviamente no se les dedica ni un minuto de reflexión… hasta que explotan en nuestras manos. Es lo que ha sucedido este fin de semana en Galicia, y no sólo allí, con los incendios forestales. El área afectada estos días es más amplia, pues habría que incluir también Asturias y León, y no puedo dejar de pensar en el gran incendio con el que abríamos la temporada en la no muy lejana Sierra de la Cabrera.

Helicóptero en tareas de extinción

Ahora oigo a todos airados e irritados, pidiendo endurecer condenas, hablando de terrorismo ambiental, de bandas organizadas… pero la realidad es mucho más compleja. Las penas ya son importantes, si es que se llega a poder presentar un caso, y lo de las tramas organizadas me parece no solo un argumento débil, sino que además abre muchos interrogantes. Si es verdad, ¿cómo es que no hay noticias de detenciones y condenas? Nos podemos morir esperando porque los medios policiales dedicados (para estos casos, básicamente el SEPRONA de la Guardia Civil) son absolutamente insuficientes. El frente policial es una clara línea de mejora.

Otro aspecto en lo que se requieren cambios es en lo relativo a los medios de extinción. Ahora mismo es un gran negocio para unas pocas empresas, y un suplicio de inseguridad y precariedad para los brigadistas que se van a jugar la vida ante el fuego. Considerando el problema, su magnitud, y las perspectivas que nos presenta el cambio climático ¿no parece sensato tener permanentemente un cuerpo especializado? Es evidente que en este país tenemos incendios forestales prácticamente todo el año, así que el problema debería estar en cómo se organice, financie y regule.

Sin embargo, no son esas las cuestiones más importantes. Lo esencial es que pasa antes y qué después. Esos incendios que nos encogen el corazón, que devastan áreas extensas, puede que hayan empezado siendo provocados, pero no alcanzan esas dimensiones si no es por el estado de nuestros montes, que a su vez es la consecuencia de nuestra acción sobre el medio. Los espacios rurales han sido los habituales reguladores de las masas forestales, y si ahora son cada vez más frecuentes los grandes incendios las causas subyacentes hay que buscarlas en la desaparición del espacio rural.

Es fácil echarle la culpa a eucaliptos y pinos de lo rápido que arde el bosque, pero están plantados porque interesan a ciertas industrias (que solo buscan materia prima barata), lo permiten las administraciones y para los propietarios es una solución fácil y asequible para explotar el bosque sin grandes inversiones ni mantenimiento: todo “low cost”. Y así se han venido perdiendo empleos y actividades vinculadas al bosque. En general, es todo el medio rural, que se ha visto singularmente presionado en las políticas de reducción de costes aplicadas por la derecha, y a la vez abandonado a su suerte en los procesos de aceleración de la globalización de los últimos 25 años. Se han perdido actividades (en la agricultura, la ganadería y la silvicultura) porque eran más caras, y olvidamos que con ellas pagábamos también la gestión del territorio, la conservación de la biodiversidad, el mantenimiento de nuestro patrimonio. Comprar alimentos industrializados es más barato, pero tiene un mayor coste ambiental y, ahora lo vemos, significa abandonar, literalmente, nuestro espacio, nuestro suelo.

Lo que se haga después también es importante. Hay familias que han perdido sus explotaciones agrarias y ganaderas, y sin un mecanismo rápido de indemnización serán nuevos abandonos del espacio rural. La restauración ambiental también exige un esfuerzo, que además ha de ser bien planificado y continuado, y además hay en España abundante conocimiento sobre qué hacer para que la propia vegetación ayude a prevenir y dificultar la propagación del fuego. De nuevo, el problema no es desconocimiento, sino voluntad política.

La ley de desarrollo rural de 2007 fue un pequeño y esperanzador paliativo, que el gobierno de Rajoy nos quitó bruscamente en 2011. Desde entonces nuestro medio rural agoniza, y de vez en cuando vemos en la televisión algún episodio particularmente llamativo, como el de este domingo. Pero se apagarán los incendios, lloverá, y el foco se dirigirá, de nuevo, a otras cosas más importantes.

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A comienzos de este año nos enteramos de un proyecto que desde su misma concepción ha generado debate, cuando no polémica. Se trata del plan de una cooperativa navarra de construir una granja con capacidad para 20.000 vacas lecheras en Noviercas (Soria). Para los urbanitas cabe señalar que una explotación estaría en la media regional con 50 de ellas (la media nacional esta 10 por debajo), así que hablamos de una megainstalación de ganadería industrial.

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Al parecer, este verano va a convencer a más de uno sobre la realidad del cambio climático. El desorden climático y los fenómenos asociados son ya tan evidentes que no hay forma de mirar para otro lado. Esto podría ser una buena noticia, si no fuera porque llegamos bastante tarde. No es que quiera ser pesimista, es lamentablemente la cruda realidad, y eso no quiere decir que podamos tirar la toalla: mitigar, reducir emisiones, es esencial para que las cosas no empeoren aun más. Para saber hasta qué punto estamos mal, sugiero el reportaje de eldiario.es en torno a los incendios, en el que se podrá apreciar cómo una política territorial equivocada se termina pagando.

cereal

Ahora nos enfrentamos a incendios voraces y tormentas devastadoras, y esperaba encontrarme en las redes debates sobre la relevancia de la adaptación frente a la mitigación, sobre si son preferibles políticas transversales frente a sectoriales… y me he encontrado con una pregunta perturbadora ¿es la democracia una forma de gobierno adecuada para afrontar el desafío climático?

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La celebración del Orgullo, un fasto comercializado globalmente que no ha hecho que se olvide su carácter reivindicativo pese a todo, ha coincidido (entiéndase la ironía) con la propuesta legislativa de Ciudadanos sobre maternidad subrogada. En principio son dos fenómenos independientes, pero reconozcamos que han sido vinculados por un hecho común: el poderoso papel del dinero como vía de normalización.

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No es que sea una sorpresa, pero parece que estaba esperando el momento. Como si supiera que hoy es el Día Mundial del Medio Ambiente, el presidente de los Estados Unidos decidió conmemorarlo anunciando hace un par de días que va a iniciar el proceso de retirada de su país del Tratado de París. En el fondo, es sólo un aspecto formal. Lo cierto es que la tímida política climática de Obama ya había empezado a ser desmantelada, y más allá de firmarlo o no, lo relevante del tratado es su cumplimiento a través de políticas concretas. Lo que son las cosas, de esta forma Estados Unidos se pone en el mismo nivel que Nicaragua y Siria, que son (eran) los únicos que no han firmado el Tratado. Desconozco las razones por las que ambos gobiernos no lo han hecho, aunque en el caso de Siria puedo llegar a entenderlo. Ahora bien ¿Significa esto que la lucha contra el cambio climático ha fracasado? Bueno, aunque es un revés duro, mi respuesta es no.

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Este verano, podríamos quedarnos sin hielo en el Ártico, algo que no sucede desde hace miles de años. Desde una perspectiva estrictamente científica, esto significa que las predicciones del IPCC son extremadamente conservadoras (esto no iba a producirse tan pronto); desde una perspectiva política, esto significa que tenemos mucho menos tiempo del que creíamos. En poco más de un mes conmemoramos el día mundial del medio ambiente, y no parece que tengamos mucho para celebrar.

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Y por fin llegaron las primarias socialistas. La falta de visión estratégica de la que han hecho gala los gestores del PSOE es significativa, pues habiendo podido solucionar el conflicto abierto con rapidez, han preferido dilatar los tiempos. Es un clásico de los últimos años, dicho sea de paso, porque Rubalcaba estuvo jugando tres años al “vamos a renovarnos” y… estas son las consecuencias.

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