Incendios de invierno

Los incendios se apagan en invierno. Esta observación, que la repiten todos los que de una manera u otra trabajan en el cada vez más desarrollado sector de la extinción de incendios, es una verdad tan incontrovertible como desatendida. Y otra cuestión a considerar es la muy diversa tipología: no todos los incendios son iguales. Verlos todos con la misma perspectiva conduce a errores de bulto, análogos a los que suceden con otros males cuando no se los considera con suficiente atención.

Los datos que aparecen año a año, cuando se han consumido los rescoldos del último incendio, ponen de manifiesto que más del 90% de los que se producen han sido provocados por la mano del hombre. Lo que ya varía enormemente son las causas. Contra lo que pudiera pensarse, y aunque los datos entre comunidades autónomas son muy variables, las negligencias son un elemento muy importante, por lo que la educación y la sensibilización siguen siendo espacios de trabajo, y tal vez no sean suficientes las campañas en la tele.

Otra cosa relevante es la combinación de factores que hace que haya riesgo, y permite que un incendio pase de una pequeña extensión a ser un infierno que devore cientos de hectáreas. Temperatura alta, combustible en abundancia, escasa humedad relatíva y viento son los componentes críticos. Sólo podemos incidir en la cuestión del combustible, y la conclusión a la que se suele llegar es que no se ponen recursos suficientes para “limpiar” los montes. La pregunta es obligada: cuanta menos biomasa, menos riesgo, y si se produce, menos envergadura. ¿Hay que limpiar los montes?

Hace cien años, supongo que a nadie se le ocurriría plantear esto. Los bosques eran una fuente de recursos de todo tipo, y había una gran cantidad de población que dependía de ellos para su subsistencia. Incluso había demasiada, y la presión era excesiva para una adecuada conservación. En todo caso, el resultado era que poco había que quemar, con lo que el margen de oportunidad se reducía enormemente.

Hoy en día, la situación es la inversa, no sólo hay muy poca, sino que la que queda no tiene incentivos económicos para mantener la actividad. En otras palabras, el desmantelamiento del medio rural nos hace muy vulnerables a los incendios. Hay quien cree que dejando a la Naturaleza a su aire los ecosistemas se recuperan sólos, pero lo cierto es que en la Península Ibérica, poblada desde muy antíguo, llevamos transformando el medio natural en espacios agrarios desde hace más de 4.000 años. Entre otras cosas, se han transformado las masas forestales para que generen biomasa para uso energético, una necesidad humana que los combustibles fósiles solo consiguieron reemplazar a mediados del siglo XX. Parece imposible que la transición vaya a ser rápida, fría y sencilla.

Los incendios forestales se apagarían en invierno. Se apagarían si nuestro medio rural aprovechara la biomasa que genera, pero lo cierto es que hemos creado una estructura económica que, poco a poco, lo va consumiendo. Ese es el incendio de invierno, que nadie apaga.

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2 comentarios
  1. anonimo dijo:

    …Y los tarados que queman para joder al vecino. Hasta que no se meta en la cárcel a unos cuantos, las cosas no van a cambiar.

  2. currante dijo:

    Hay mucho cafre suelto, desde luego, y los peores son los que no salen en los medios. Los cazadores, por ejemplo, que van de “amantes de la naturaleza” y “defensores del monte”, son los primeros en quemar lo que haga falta para poder pegar tiros a gusto al año siguiente.

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