Subir los impuestos

En el fondo, la política fiscal es sota, caballo y rey: hay que mantener un cierto equilibrio en las cuentas (equilibrio dinámico de largo plazo). La clásica comparación con la economía familiar, con tener limitaciones y sesgos, no está tan traida por los pelos. Para mantener ese equilibrio hay diversas combinaciones posibles jugando con la variable tiempo, que al final se reducen al equilibrio entre ingresos y gastos. A largo plazo, los desequilibrios deben compensarse, porque el superavit crónico significa que se está por debajo del pleno empleo, y el déficit crónico implica constantes necesidades de financiación por endeudamiento, que terminan reduciendo la actividad económica.

Estamos en uno de esos momentos en los que, aun sin una acción directa del gobierno, el saldo de las cuentas públicas sería negativo, dado que los ingresos se reducen (el desempleo reduce las rentas y el consumo, las empresas reducen sus beneficios) y los gastos aumentan (prestaciones sociales, desempleo). Estos sistemas se pusieron en marcha a raiz de la Gran Depresión de la década de 1930, y sirven para que si las cosas se ponen feas, como ahora, no nos demos el gran batacazo: son los estabilizadores automáticos.

Ahora bien, si queremos recuperarnos eso no basta. En el contexto en el que nos movemos, las empresas andan con cautela antes de meterse en nuevas inversiones y las familias procuran reducir sus gastos, comportamientos lógicos pero contraproducentes: si no crece la inversión no hay nuevos empleos, sin empleos nuevos no crece la renta, sin nuevas rentas no hay más consumo, sin nuevo consumo no hay más inversión. Este círculo vicioso ya la describió Keynes en 1936, y recurriendo a su fina ironía británica proponía imprimir dinero, enterrar pequeñas cantidades en latas esparcidas por el campo y después hacer correr la voz… Parece mejor opción que el Estado haga algunas inversiones, sin duda, rompiendo el círculo vicioso y recreando la espiral virtuosa contraria. Claro que, en el contexto de reducción de ingresos antes descrito, esto puede ser difícil. Recurrir al endeudamiento es la primera opción, pero al final es inevitable subir los impuestos.

Que duda cabe que algunos gastos pueden ser reducidos en favor de otros, pero desde una perspectiva funcional, eso solo implica que el gasto de las Administraciones Públicas se hará en una cosa y no en otra (por ejemplo, se consumirá menos papel y más cemento). Dejando al margen que sea más presentable políticamente, no estoy muy seguro de su eficacia económica, salvo que detras de cada recorte haya un análisis de eficiencia que lo justifique. Por otra parte, el margen de reducción es escaso y los ahorros es dudoso que sean elevados.

¿Por qué insiste el PP entonces en reducir gastos e ingresos (lease impuestos) para conseguir el equilibrio? Si los gastos ya han subido de manera automática, reducciones posteriores de impuestos conducen a situaciones insostenibles… a no ser que lo que se quiera sea un demantelamiento sistemático de los estabilizadores, o sea, una espectacular reducción de prestaciones sociales (hablamos de una “espectacularidad” de unos 80.000 millones). Tal vez por eso no se atreven a concretar en qué consisten las reformas, tal vez por eso están dispuestos a “ayudar a explicar” medidas impopulares. Pero es que las políticas económicas que tienen éxito ahora en el mundo son las que mantienen la protección social e incrementan el gasto público. Y en España hoy esa política, que ya está dando algunos resultados, conduce de forma inevitable a subir los impuestos.

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