La eco-fiscalidad ha llegado

Uno de los resultados del debate sobre la subida de impuestos ha sido la aparición del primer eco-impuesto en nuestro sistema fiscal. La creación de una ecotasa abre una nueva y prometedora línea política, que podría ser la base de una estructura de incentivos adecuada a un modelo económico realmente sostenible. Aunque tal y como se está planteando deja, desde mi punto de vista, bastante que desear, también es cierto que, o se empieza, o para cuando no quede más remedio será mucho más duro.

Hoy, los impuestos se circunscriben a una sola dimensión: la creación y transmisión de valor financiero, sea en forma de producto o de rentas. Con carácter excepcional, algunas figuras impositivas gravan actos, pero esto por lo general está circunscrito al ámbito de lo económico. En última instancia, la función del sistema fiscal es, desde la perspectiva de los ingresos, establecer un sistema de incentivos que condicionen la actividad de los agentes económicos, pero que en ningún caso pretende desanimar comportamientos.

La idea de la estructura de incentivos es importante, porque no es neutral la composición de la fiscalidad. Cuando el PP habla de rebajar la fiscalidad, se refiere solo a la directa, lo que hace al sistema más regresivo, y por tanto el coste del Sector Público recae más en las rentas más bajas. En este contexto ¿qué es una ecotasa? ¿qué papel desempeña en el contexto del sistema fiscal? Dado que no conozco la letra pequeña de la propuesta del gobierno, y en un impuesto, eso es lo esencial, habrá que plantearse las cosas de manera general.

Una ecotasa es un impuesto que grava un comportamiento que genera problemas ambientales. Como estos problemas suelen llevar aparejados importantes costes sociales, que después ha de afrontar el Sector Público, están más que justificados desde la perspectiva de la financiación de aquellos. A la objeción inmediata de que aumentan la presión fiscal cabría responder que sí… a corto plazo. A la larga, los contribuyentes pueden elegir no hacer aquello por lo que se les grava. Si la ecotasa está bien diseñada, se cumpliría estrictamente el principio “quien contamina paga” que rige las políticas ambientales de la UE. Cada contribuyente puede elegir la cantidad de comportamiento gravado que desea en función de sus deseos y su capacidad de pago. El reverso positivo es que abandonar comportamientos antiecológicos puede conducir a otros que generen actividades positivas, que además creen empleo.

Desde una perspectiva fiscal, a largo plazo la recaudación debería ser decreciente. Ahora bien, no todos los comportamientos antiecológicos están asociados a las rentas más altas, por lo que no puede decirse, a priori, que añadan progresividad al sistema. Imagino que esto puede crear polémicas adicionales, y por ello creo que han de ser un complemento al sistema convencional, pero la buena noticia es que, por fin, la eco-fiscalidad ha llegado.

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