Después de Copenhague

Frustración es, posiblemente, la palabra que define con más precisión mi estado de ánimo a propósito de la reciente cumbre de Copenhague y sus resultados. No se ha llegado a un nuevo tratado, y el acuerdo final es algo más que una vaga declaración de intenciones. Por otra parte, la “realpolitik” ha acabado, a mi modo de ver de manera definitiva, con el efecto Obama: todos creíamos (o al menos yo) que el presidente de EEUU lideraría la lucha contra el cambio climático asumiendo el papel de principal emisor por habitante y principal responsable histórico, y por contra hemos visto a un mercader más preocupado de las contribuciones de todos, en particular de China, que de las responsabilidades propias.

Se necesitaba un tratado vinculante, ambicioso y justo. Debía ser vinculante, de forma que los Estados tuvieran que conseguir objetivos contrastables y además tener un sistema de control transparente que permitiera el seguimiento. Debía ser ambicioso, porque el Panel Internacional del Cambio Climático de Naciones Unidas ya ha dejado claro que un incremento medio de las temperaturas por encima de 2 grados en este siglo tendrá consecuencias catastróficas e impredecibles. Y debía ser justo, porque como suele pasar las peores consecuencias del cambio climático las va a soportar los que menos han contribuido a generarlo.

Copenhague no será vinculante, ni siquiera define objetivos y plazos concretos, con lo que el resultado es objetivamente peor que Kyoto. Además, tampoco se han definido sistemas de control internacional realmente efectivos y transparentes, con lo que aunque hubiera objetivos no habría forma de saber qué está pasando.

Copenhague no es ambicioso, más allá de afirmar que como pasemos de 2 grados de incremento de temperatura las consecuencias serán catastróficas. Lo que tal vez no sabe la opinión pública es que las consecuencias catastróficas que se describen en algunos informes sucederán con incrementos de 1 a 2 grados. Superado ese listón los modelos actuales son incapaces de hacer predicciones, dado que resultarían modificados todos los parámetros climatológicos actuales. Esto es tanto como decir que por encima de 2 grados destruimos completamente el clima del planeta. Si las cosas no cambian radicalmente, nuestro modelo de producción generará un incremento de entre 5 y 7 grados, por lo que resulta evidente que no queda más remedio que ser ambicioso.

Copenhague no es justo, porque el problema de la concentración de CO2 en la atmósfera no lo han creado los chinos ahora. Las primeras mediciones a mediados del siglo XX ya detectaban la asociación de este gas con el efecto invernadero, y por esas fechas solo echaban humo americanos y europeos. Desde la óptica de los países emergentes, es más que sospechoso que ahora que consiguen extender cierto nivel de bienestar a capas crecientes de población, desde los paíes occidentales se les conmina a detenerse en nombre del bien común.

La UE, en esta historia, ha quedado bastante marginada, y de aquí la nueva presidencia del Consejo, así como la presidencia de turno, tienen mucho que aprender. De forma suave pero firme, es el momento oportuno para que la Unión lidere un proceso de compromisos efectivos, rentabilizando su apuesta de predicar con el ejemplo. Más nos valdrá a todos que lo hagan, porque creo que es la única baza posible para sacar algo positivo después de Copenhague.

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