Recorte salarial

Este último mes está siendo verdaderamente terrible. La crisis económica ha entrado en una nueva fase, y no es precisamente de la que más se habla, en torno a una hipotética crisis de deuda en algunos países de la UE. Lo realmente importante es que las corporaciones financieras que habían quedado contra las cuerdas debido a la crisis financiera de 2008 han conseguido recuperarse y devolver el golpe a los Estados que las han salvado del hundimiento.

Para empezar, la derecha europea está imponiendo su agenda de lucha contra el déficit, lo que obviamente es el mensaje que las corporaciones financieras quieren que se escuche. Sin embargo, es una política contraproducente, que nos conduce a la deflación. Lo triste de esta historia es que a mediados de los años treinta pasó exactamente lo mismo, como de vez en cuando nos recuerda el profesor Krugman. Parece ser que no hemos aprendido nada: si todas las economías europeas inician la senda del recorte fiscal, se deprimirá el consumo, se reducirá la inversión, aumentará el desempleo, se reducirá la recaudación fiscal y el círculo se autoalimentará. Esto es una espiral deflacionista. Los japoneses saben que se puede tardar más de una década en salir. Sobre esto ya he escrito antes, el camino es el gasto público, y para evitar que el déficit sea excesivo ha de recurrirse a la política fiscal.

Y digo política fiscal y no subir los impuestos, porque lo que defiendo es algo más complejo: se trata de gravar no solo a través de las figuras usuales, sino de desarrollar un nuevo arsenal acorde con los tiempos. Para empezar, y tirando por elevación, la ya clásica tasa Tobin es imprescindible. Su potencial recaudador es enorme, y tendría un efecto atenuación nada desdeñable. En el nivel estatal hay varias cosas pendientes: hay que regular y gravar a las SICAV, las tapaderas de quienes efectivamente tienen dinero; hay que poner en marcha una ecofiscalidad digna de recibir ese nombre, cuyo resultado sería además beneficioso al reducir los costes económicos de ciertos comportamientos antiecológicos; un tercer capítulo sería luchar contra el fraude fiscal, hay estimaciones que equiparan su volumen con el del déficit público, y aunque no creo que sea tan alto, tal vez se aproxime bastante. Y por último, en el nivel local, ha de revisarse profundamente a los ayuntamientos y su financiación ¿podemos permitirnos el lujo de tener tantos y tan pequeños?; en muchos casos, no cubren los costes de los servicios que prestan (a veces, porque no los cobran), y su fiscalidad es regresiva. Se podría dar un salto cualitativo importante si el Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI) fuera desgravable en el IRPF, con una exención por vivienda principal. Una subida en esas condiciones mejoraría la recaudación y sería progresiva. Incluso podría ser beneficiosa para el medio rural, por una vez y sin que sirva de precedente.

En fin, muchas cosas antes que bajarnos el sueldo a los empleados del sector público, que somos bastantes más que los funcionarios y no contamos con ninguna de sus ventajas.

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