Emponzoñados

La marea negra que arrasa la costa sur de Estados Unidos está superando todas las fronteras del espanto que hemos establecido. De hecho, no sé siquiera si el concepto de marea negra que ahora tenemos puede ser aplicable a una emisión continuada de crudo, que es lo que realmente está sucediendo, mantenida durante meses.

Hay algunas cosas sobre las que reflexionar. Para empezar, la empresa responsable no llega a tapar los focos de emisión porque están demasiado profundos. El ex presidente Bush permitió, con la oposición del movimiento ecologista mundial, la apertura de pozos en aguas profundas, por una parte, y abrió Alaska a la prospección, por otra. Cuando estas posibilidades se discutían, los ecologistas sostenían que era virtualmente imposible dar una respuesta razonablemente rápida (olvidando incluso una inmediata) a una ruptura de las conducciones en las profundidades, o asistir a una explotación en un área remota si había cualquier accidente. La respuesta de la industria fue asegurar que esas hipótesis eran imposibles. No sólo se ha demostrado que las empresas petroleras no tienen capacidad de prevenir ni de detener el desastre en el caso de las perforaciones profundas, sino que tampoco tuvieron nunca intención, pues si la hubiera habido en algún momento al menos habría un plan ¿permitirá la administración Obama que se hagan más experimentos, esta vez en Alaska?

La derecha norteamericana ha saltado a defender los intereses de las grandes petroleras, bajo el paraguas argumental de que no se puede menoscabar a todo el sector, y de que las reparaciones que se exigen a BP son una extorsión. A mí, sin embargo, me parecen un saldo; en todo caso, saldremos de dudas pronto porque muy posiblemente la maquinaria científica norteamericana ya está en marcha haciendo evaluaciones del desastre económico y ambiental, así como del coste de las reparaciones y restauraciones. Espero, además, que se hagan públicas pronto y tengan una adecuada difusión, porque es urgente que quede de manifiesto lo caro que puede llegar a salir el fin de la era del petróleo: los yacimientos accesibles empiezan a agotarse y la demanda sigue creciendo, por lo que el precio del barril sólo puede subir. En este contexto, podrían ser rentables yacimientos que hasta hace unas décadas ni siquiera se contaban como reservas debido a sus costes de extracción, como es el caso de los pozos en aguas profundas.

La economía mundial está enganchada al petróleo, como si de una droga se tratase, y no sabemos qué es peor, que se acabe o que no se acabe. Lo que sí que es cierto es que, entretanto, seguimos emponzoñados.

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