Apología del imperio alemán

En los últimos meses, creo que ya lo he señalado en algún post anterior, las opiniones de los economistas en torno a las políticas a seguir para afrontar la crisis se han polarizado. Por una parte, el sector conservador advierte de la necesidad del equilibrio presupuestario, de la contención del gasto, de mantener la confianza de los mercados financieros; por otra, el sector progresista predica la necesidad de más gasto e inversión aun a costa del endeudamiento.

Hace cosa de un mes coincidieron en El País dos artículos interesantes, de dos economistas a los que admiro: uno de Guillermo de la Dehesa, señalando la imposibilidad de que de una restricción en el gasto se derive una reactivación económica, y otro de Paul Krugman, en el que muestra la irracionalidad del supuesto contrario (o sea, que de una expansión sistemática del gasto se derive un colapso de la economía mundial). Defendiendo la posición contraria he leído mucho, pero encuentro muy débil la idea de que detrayendo recursos del sector público el privado se anime a invertir y gastar. Más bien parece que la esencia de la actual crisis es que el privado está paralizado, con lo que no queda más remedio que el impulso económico sea liderado desde lo público. Además, creo que la esencia misma del origen de la crisis condiciona poderosamente las políticas a seguir.

Coincidiendo con estos, la Fundación Ideas publico un artículo de Nicholas Stern muy interesante. Para los no iniciados, Stern es el coordinador del informe conocido por su nombre, redactado a petición del entonces premier británico Blair, que estimaba los costes del cambio climático (de la mitigación, de la adaptación y de la no adopción de medidas) y concluía que era imprescindible tomar medidas de mitigación y adaptación. Stern propone en su reflexión considerar que tal vez ambas posturas tengan razón, al menos en parte, e incide en la necesidad de afrontar diversos desafíos mundiales, entre otros la composición actual del mercado financiero o, como no, el cambio climático.

Lo más interesante es su reflexión sobre los desequilibrios macroeconómicos. Se declara partidario del control del déficit, siempre visto en perspectiva estratégica, y sobre todo se fija en los detalles de los desequilibrios en Europa: las restricciones en países de Europa meridional, España entre ellos, solo tendrán sentido si los países con superávit tiran de la economía de la Unión. Y en este punto, parece que coincidimos muchos. A nivel mundial, China parece que está empezando a actuar en la línea que se espera de una gran potencia económica. El problema para los europeos es que Alemania no asume su papel de imperio (lo que implica necesariamente gastar, y no presumir de una política de sobriedad) … y se supone que tiene un gobierno de derechas. ¡ay, si Bismarck levantara la cabeza!

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