Formar o Reformar

El 20 de noviembre tendremos elecciones generales, y es evidente que la campaña electoral ha comenzado ya. Tenemos una nueva ocasión de que los candidatos presenten sus programas en un momento en el que es más que necesario que nunca un debate en profundidad sobre casi todo ¿lo tendremos? No creo que nadie dude de la respuesta. El PP en general, y Rajoy en particular, no parecen demasiado interesados.

Una de las razones puede ser que el pensamiento mágico propio de la derecha no admite el análisis crítico ni la discusión. Si te enfrentas a alguien en un debate y te preguntan “¿qué quiere decir usted cuando habla de austeridad?”, la audiencia querrá una buena respuesta. Otra buena pregunta a lanzar al que no suele admitirlas es “¿qué quiere decir usted cuando habla de reformas?”. Porque reformar implica cambiar algo preexistente que no gusta o cuyo funcionamiento es inadecuado. Es una palabra que suena bien, pues induce a pensar en que algo que va mal puede recuperarse. El problema es que, desde una perspectiva política, no se trata sólo de decir que se necesitan reformas, hay que decir cuáles han de ser los nuevos objetivos y procedimientos. No se trata de publicar un manual de procedimientos, sino de plantear las líneas políticas estratégicas.

Sin embargo, conviene a veces apartarse de las trampas del lenguaje político ¿de verdad son necesarias reformas? La primera respuesta es que sí, que hay muchas cosas que no funcionan: el desempleo elevado, la justicia atascada, la Administración lenta,… Ahora bien, el problema con el mercado de trabajo no es su reforma, sino su forma: como ya he mencionado en post anteriores, nuestro problema está en la estructura productiva; la que tenemos conduce al ajuste vía empleo, y seguir discutiendo sobre este asunto y cambiando la legislación laboral no creará más empleo.

La queja habitual contra la burocracia y la Administración es otro tópico de las reformas. En cualquier otro país del norte de Europa, el número de funcionarios por cada mil habitantes es más del doble que en España; en el muy significativo caso de la justicia, en Alemania hay más del doble de jueces (por cada cien mil habitantes). Todos los que trabajamos en una organización sabemos qué pasa si la cantidad de trabajo crece y la plantilla no: al principio se intenta atender el trabajo, pero el desbordamiento termina por afectar a la calidad de las tareas; al final, unos procuran ceñirse a espacios en los que desarrollar su labor, y otros se desentienden; todos se desmoralizan porque los objetivos no se consiguen.

Propongo iniciar el debate que no se va a iniciar con una idea contrarrevolucionaria: dejémonos de reformar y empecemos a formar.

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2 comentarios
  1. Mikel dijo:

    El pensamiento mágico sobre la administración (central) viene determinado de las afinadas y atinadas lagunas del candidato conservador (no en vano estuvo a su cargo la aprobación de la LOFAGE: http://es.wikipedia.org/wiki/Rajoy#Ministro_del_Gobierno_.281996-2004.29), mientras que desde sus filas, y a pesar de las restricciones, no se escatiman los derechos a contratar nuevos asesores en su nueva taifa manchega.
    Los “mercados”, ese paradigma del pensamiento mágico se resumen en el caso de David Ricardo explicando el vino y el hierro en Portugal y el Reino Unido que se convierte en camareros y peones de la construcción en el caso español. Así hay trabajo, mucho trabajo, desde los 16 años, sin cualificación, con retribuciones bajas y, como consecuencia, una productividad ridícula.
    El pensamiento mágico no viene de Macondo, precisamente, pero siempre incide en la productividad con el recurso del incremento del tiempo de trabajo y/o la reducción de lo percibido por ese trabajo. Jamás se menciona el incremento del valor de lo producido, pero si en la gran patronal los puestos más relevantes se caracterizan por la construcción y la hostelería, ¿qué se puede esperar?

    • peliculero dijo:

      Pues tienes razón. Me resulta curioso esa perpetuación del dilema tiempo de trabajo/ remuneración, porque así formulado sólo tiene solución desde una óptica marxista. Eso es tanto como reconocer que es una reflexión decimonónica que no tiene en cuenta la evolución del pensamiento en los últimos 100 años.

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