Sin visión

La economía española necesita urgentemente reconducirse hacia actividades de más valor, más basadas en el conocimiento y más sostenibles. El modelo económico que nos ha llevado a donde estamos se caracterizaba por todo lo contrario. Actividades como la construcción y sus industrias suministradoras, hasta hace poco pilares del crecimiento, incorporaban poco valor añadido, generaban mucho empleo pero de baja cualificación, y además son grandes consumidoras de recursos, materiales y energía.

El resultado, ya conocido, es una economía desarticulada, un volumen de desempleo altísimo y muy difícil de absorber dadas sus características, y una amplia colección de desastres ambientales y urbanísticos que habrán de ser gestionados durante mucho tiempo y a un coste hoy por hoy inestimable.

Sin embargo, no está claramente asumido este diagnóstico, y entre quienes piensan que aun es posible continuar y quienes no terminan de entender la necesidad del cambio, la tentación de seguir con el modelo viejo es muchas veces irresistible. La diferencia ahora es que hay cada vez más conciencia pública de que no se puede volver al pasado. Y viene esto al caso de lo que me he encontrado estas vacaciones, recorriendo uno de mis parajes favoritos en Cantabria, el valle del Saja. La comunidad local se ha visto sorprendida por una propuesta de extracción de gas a través de un procedimiento altamente agresivo conocido como fractura hidráulica o “fracking”. Debo reconocer que, antes de informarme de las características del método, me parecía mala idea esta actividad económica, y me limitaba a considerar como un paso atrás en la necesaria recualificación de nuestro modelo productivo, y particularmente por lo que a Cantabria respecta. Por otra parte, ya es un clásico la lamentable costumbre de no informar a la opinión pública con transparencia en torno a las propuestas que van a terminar afectando a la colectividad, lo que conduce a suspicacias siempre.

Pero después de haberme documentado un poco he pasado del simple desagrado al escándalo y la vergüenza. El sistema implica la absoluta y permanente destrucción del territorio para obtener gas en un corto espacio de tiempo, lo que explica el oscurantismo, dicho sea de paso. Y cuando hablo de destrucción no me refiero a que pueda haber un accidente, o que la actividad pueda ser peligrosa. La actividad en sí misma implica envenenar el suelo y las aguas subterráneas de espacios de alto valor ecológico y productivo. En este contexto, entiendo las posiciones de las empresas que lo promueven, para ellas solo existe el beneficio, y la de algún empresario local o propietario, que vea la posibilidad de coger dinero y salir corriendo. También puedo entender la posición de algunos ciudadanos, desconocedores de estas tecnologías y que quieren actividad y empleo en sus pueblos. Lo que ya no soy capaz de comprender es qué clase de administradores públicos tenemos, incapaces no sólo de entender qué significa sostenibilidad, sino simplemente de tener visión de su propio territorio a largo plazo.

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