El Dorado

El Dorado es un lugar mítico que ofuscó la mente de los conquistadores españoles del siglo XVI. Se suponía ubicado en algún punto en las selvas de la provincia de Nueva Granada (Venezuela y Colombia), y allí el oro se suponía tan común que se despreciaba. Su busqueda, en un entorno tan hostil como la jungla, fortaleció la leyenda y contribuyó a sonados desastres. Buscar El Dorado ha sido una constante en nuestra historia, y la idea de encontrar ese filón que nos haga ricos sin trabajar parece ya una maldición.

Hace algunos años, en plena burbuja (que de alguna forma es El Dorado para los que sacaron tajada), el gobierno de Aragon gastó mucho esfuerzo y credibilidad en un proyecto que pretendía convertir Los Monegros en un remedo de Las Vegas. Un gran inversor pretendía construir un conjunto de casinos, hoteles y toda clase de instalaciones de ocio en un lugar muy despoblado y falto de actividad. Las pretensiones del inversor eran desorbitadas, como no, y a pesar de ello el parlamento regional aprobó una ley que permitía toda clase de arreglos sorteando con diligencia las trabas de un buen número de leyes y obviando la necesaria aquiescencia de las administraciones locales. La fria ventisca de la crisis se llevó por delante la quimera y ahora de todo aquel engendro sólo queda el ridículo institucional de una ley que nos permite decir que el gobierno aragonés tiene precio.

Como en España nadie escarmienta en cabeza ajena, la fiebre del oro ha llegado a Madrid. Otro proyecto, todavía más grandioso, pretende convertir la Comunidad en el “espacio de ocio” mas grande de Europa, si bien es cierto que ocio significa, en este contexto, juego. El promotor tiene una sólida trayectoria en grandes inversiones en este sector, y también en los archivos del FBI por sus vinculaciones con el crimen organizado (blanqueo de dinero, tráfico de drogas, prostitución,…). Y a la altura de ambas están sus exigencias para la megainversión, pues quiere cambios en las leyes urbanísticas, de protección ambiental, del juego, de inmigración, de blanqueo de dinero, fiscales, laborales,…

El resultado cojunto de todos esos cambios sería un espacio de excepción, un paraíso fiscal en el que el Estado prácticamente no podría meter la mano, a cambio de lo cual se invertirían miles de millones de euros, y se crearían decenas de miles de empleos. Dados los tiempos que corren ¿quién podría resistirse? La Comunidad de Madrid, desde luego, no. Sin entrar en la solidez de los principios morales de la presienta Aguirre, lo cierto es que su gobierno, como el aragonés, tiene precio, y ahora se trata de ver cual es. Que va a bajar es seguro, porque ahora vamos a tener una subasta; el president Mas ha decidido que Cataluña tiene mejores argumentos que Madrid.

La pregunta es si debemos decir no a una inversión que movilizará un volumen ingente de recursos financieros, creará gran cantidad de empleo en su fase de funcionamiento (quie es lo importante), y reactivará el alicaido sector de la construcción durante años. Desde una perspectiva macroeconómica, es la inversión perfecta: recursos exteriores, incidencia en las actividades más afectadas por la crisis, creación de un volumen de empleo importante a corto plazo en actividades de mediana o baja cualificación,… El Dorado.

Dado que desde la muy católica administración regional no han puesto reparos morales, tampoco yo iré por ese camino. Me centraré en tres aspectos que me llevan a calificar de indeseable el proyecto: territoriales, ambientales y económicos.

Desde la perspectiva territorial, la ya muy congestionada metrópoli madrileña acogerá una nueva dosis infraestructural que la llevará a un nuevo nivel de presión sobre el entorno, incrementando el consumo de energía de forma claramente despilfarradora (no parece un casino el sitio adecuado para hablar de ahorro y eficiencia energética), eso por no hablar del agua y de las consecuencias en materia de resíduos.

Dede una perspectiva social, los compañeros del juego son las drogas, la prostitución, el tráfico de personas,… Habrá quien diga que son prejuicios morales, pero lo cierto es que los análisis sociológicos hechos en lugares que concentran este tipo de actividades no dejan lugar a dudas al respecto. Y el problema no es el hecho, sino sus consecuencias en términos de delincuencia, desarticulación social, corrupción, etc. Conviene no olvidar que entre las exigencias del inversor está el desarme del Estado ante estos delitos, y que a la larga los problemas sociales terminan siendo políticos.

Y por último está el problema económico. Convertir a Madrid en la capital europea del juego supone tomar un camino que no tiene retorno (y si lo tiene, será demasiado largo). Optar por esta vía significa olvidarnos de un modelo de innovación, valor añadido, desarrollo tecnológico, actividad industrial, etc. Y lo mismo me vale para Barcelona, ahora que se ha abierto la subasta. Es cierto que el presente impone necesidades y urgencias, pero no podemos vender el alma al diablo para que nos saque de pobres, o repetir de nuevo la búsqueda de El Dorado, con el problema añadido de que hay una posibilidad aun peor que la de no encontrarlo: que lo hallemos.

Anuncios
1 comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s