Gamonal o cualquier otro sitio

Estos últimos cinco días, la noticia de más interés en los medios es el conflicto en el burgalés barrio de Gamonal. Hartos de estar hartos, los vecinos se han movilizado para impedir el comienzo de unas obras contra las que ya se habían venido oponiendo. Lo cierto es que sólo ha salido en los medios cuando las manifestaciones han terminado con violencia. Aunque no es al caso de lo que pretendo exponer, no deja de resultar sospechoso que sólo haya noticia si hay bronca, y que a partir de una cierta acumulación de fuerza policial parece que el espectáculo está garantizado. Pero lo que me llama la atención es la poca atención al fondo de la cuestión: los ciudadanos reclaman su derecho a decidir cómo ha de ser su ciudad. Y esto sucede porque nadie les ha preguntado.

Desde luego, nuestro modelo de planificación y gestión urbanística parece diseñado para evitar que los ciudadanos tengan capacidad para decidir este aspecto. Es un sistema muy complejo, técnicamente sofisticado y opaco, en el que la participación ciudadana es residual, muy limitada a momentos específicos de la tramitación. El proceso procura ser rigorista y sistemático, pero por eso genera asimetrías en la información que naturalmente conducen a fomentar las corruptelas entre quienes pueden rentabilizar la información privilegiada. Además, el sistema concentra en el mismo agente, el ayuntamiento, las facetas de planificación y gestión: demasiado poder para quien normalmente es el eslabón más débil.

Nuestros queridos constructores son obviamente conscientes de la situación, y procuran sacar partido de forma más o menos legal. En el caso de Burgos, parece que ha sido “menos”. Allí, el habilidoso promotor se ha incrustado en los engranajes del poder para configurar un desarrollo de proyectos a su medida: gran escala, presupuestos generosos (y a la postre, “elásticos”) y nula rentabilidad social. Ahora que sabemos cómo funcionaba la trama Gurtel, entendemos mucho mejor esta fiebre del cemento.

Pero ha pasado lo inaudito: los ciudadanos se han cansado y han dicho basta. El enésimo gran proyecto que no va a resolver nada iba a iniciarse mientras sigue el desmantelamiento de los servicios y equipamientos públicos, escasos y necesarios, y ha pasado lo que tenía que pasar. Rápidamente el gobierno, antes que una reflexión sobre el riesgo de extender el problema, se ha apresurado a mandar más policías y echar la culpa a los clásicos agitadores antisistema. Lamentablemente, España está llena de barrios iguales que Gamonal, en los que se proponen (o se ejecutan) arreglos cosméticos que dejan a los vecinos sin control sobre su espacio, así que podríamos aprender de esta experiencia. Pongamos que hablo de Madrid.

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