Uranio, oro, petróleo y Eurovegas

La economía española se caracterizaba, hasta el shock financiero de 2007, por la preponderancia de actividades de bajo valor añadido, poca tecnificación y que ocupaban de manera precaria a gran cantidad de recursos humanos poco cualificados. Eso tenía como consecuencia la debilidad del sistema educativo y del complejo técnico-científico, y unos niveles de productividad muy bajos, y que incluso en algún año de alto crecimiento del PIB se reducían. Este modelo se basaba además en un desaforado consumo de recursos naturales, entre los que destaco la energía y el suelo, aunque no son los únicos. Tras la quiebra, como cabía esperar pero no desear, los responsables han procurado eludir responsabilidades, han pasado los años y parece que algunos están teniendo suerte y pueden conseguirlo. Llevamos siete años de retroceso económico y social y no hay un diagnóstico de lo sucedido.

No solo eso, sino que además nos ofrecen como solución volver a repetir el esquema caduco. Sin reflexionar sobre el origen de nuestros males actuales, que siguen siendo consecuencia del desastre anterior, las pretendidas “medidas de recuperación” no son más que suministrar gasolina a un motor quebrado. Hace falta mucho esfuerzo de marketing para que alguien vea recuperación donde solo hay un suave deslizamiento a la deflación, pero lo cierto es que se está haciendo.

En los últimos meses he recogido algunas de estas iniciativas “zombi”, destinadas a resucitar un modelo económico que no sólo está muerto, sino que nos está matando, que dejan muy claro que la reflexión sobre el modelo productivo no se ha hecho donde debería. Y todas gracias a la oposición de una ciudadanía crecientemente concienciada, lo que viene a dar la razón a quienes vinculan el cambio económico con el político. Me refiero a los casos de la mina de oro en Galicia, la de uranio en Salamanca, el petróleo de Canarias y dos más en Madrid: las torres del Manzanares y la operación Campamento.

Las extracciones de uranio , como las de oro, son a cielo abierto, lo que reduce los costes de las empresas y supone la destrucción absoluta de amplias extensiones de territorio. Es otra forma de decir que los beneficios serán elevados, privados y concentrados en pocas manos, y los costes a través de los daños al medio ambiente se socializarán. Algunas personas tendrán trabajo algún tiempo, y algunos pequeños contratistas locales se beneficiarán unos pocos años. Después de eso llegará el desierto, como ha pasado en las comarcas del carbón. El petróleo canario es otra quimera que afortunadamente se ha esfumado, pero que tenía los mismos mimbres.

El remate de este pequeño catálogo de esperpentos termina en Madrid. Cuando creíamos que después de Eurovegas ya lo habíamos visto todo, la alcaldesa Ana Botella por una parte autoriza la construcción de dos torres de unas 40 alturas e incrementa la edificabilidad hasta las 14 en el espacio urbano del actual Estadio Vicente Calderón, y por otra inicia negociaciones con un millonario chino para el desarrollo de lo que se ha dado en llamar “operación Campamento”, una extensa zona del suroeste de la capital ocupada por infraestructuras militares en desuso. Ambas iniciativas empezaron con mucho ruido y con las jaculatorias habituales de la creación de empleo, tienen ya un sólido rechazo vecinal, y cuentan con un sólido aliado en la sombra: las decenas de miles de pisos vacíos de la ciudad.

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