La difteria y el FMI

Que en Gerona tengamos un caso de difteria y que el FMI lance una nueva encíclica (¿o se dice fatwa?) pidiendo un mayor empobrecimiento de los trabajadores son dos sucesos independientes, pero a los que no es difícil encontrarles una conexión: la ciencia. Aunque realmente la conexión es la ausencia de ciencia.

En el número de Marzo de este año, la revista de la National Geographic Society hablaba de la “guerra contra la ciencia”, una amplia reflexión sobre una serie de fenómenos que de hecho están suponiendo un cuestionamiento global al pensamiento científico. La reflexión es pertinente porque el ataque no se dirige al método, ni al conjunto de las actividades, ni a la comunidad científica, sino a ciertas áreas y a ciertos resultados muy concretos. De hecho, tampoco se trata de cuestionar disciplinas o procedimientos y enfrentarlos a otro modelo, sino de denigrar la acción de los profesionales y de las instituciones que sostienen su trabajo, y no por éste en sí mismo sino por cuestiones ajenas a la ciencia.

El caso de las vacunas es, desde luego, un excelente ejemplo de esta situación. No voy a entrar en detallar las ventajas de estar vacunado, y de que la mayoría de la población lo esté, contra enfermedades que durante siglos han provocado una considerable mortalidad (por ejemplo, la difteria), pero sí subrayaré que quienes se oponen a ellas ni siquiera lo hacen realmente, pues se limitan a argumentar que pueden tener efectos secundarios, y que los ciudadanos tienen derecho a saberlo. Obviamente, es verdad, pero no estaría de más añadir el posible efecto secundario de no vacunarse, y que no es otro que contraer una enfermedad potencialmente mortal, como acabamos de comprobar. Otra objeción curiosa es la acusación ya clásica de la eterna perversidad de las multinacionales farmacéuticas, ávidas de dinero, que son capaces de cualquier cosa con tal de seguir ganándolo. Sin entrar en la puerilidad del comentario… ¡qué tendrá que ver con la calidad de las vacunas y su efecto!

En resumen, se lanzan dudas, pero no alternativas contrastables. Es una situación idéntica a la cuestión del cambio climático, solo que en este caso la situación es aun más vergonzosa, porque hay claros interesados en poner en cuestión la validez de la ciencia. No hay una explicación alternativa a nuestro actual “desorden climático” que la teoría del cambio climático antropogénico, y de hecho no hay literatura científica que lo discuta desde hace más de veinte años. Ahora bien, hay gran cantidad de medios de comunicación que recogen las dudas e inquietudes de “expertos” que ponen en duda este planteamiento, basándose en las hipotéticas motivaciones personales de los científicos. Como he dicho, no hay modelo alternativo, y las dudas se siembran porque hay que implementar políticas de mitigación y adaptación, que tienen costes a corto plazo para algunos, en especial en una de las industrias más poderosas del mundo: la del petróleo.

En la nueva encíclica del FMI pasa lo mismo: no hay ciencia, solo advertencias apocalípticas. En su larga trayectoria el FMI ha venido recomendando (imponiendo) las mismas políticas, con independencia de país, continente, momento histórico, situación política… así, dirigentes tan variados como Pinochet, Yeltsin y Tsipras se han encontrado con las mismas recetas. En consecuencia hay también una extensa literatura de evaluaciones de resultados, que lamentablemente coinciden en el diagnóstico: desastre sin paliativos. En “El retorno de la economía de la depresión y la crisis actual” (Ed. Crítica, 2009), el premio Nobel Paul Krugman hace un repaso actualizado de los desastres más sonados, en una actualización de su libro de 1999.

Así pues, la evidencia científica en materia económica sugiere que las políticas del FMI fracasan, y en consecuencia parece sensato hacer otra cosa. Pero claro, al igual que en el caso del cambio climático, hay poderosos intereses en contra de implementar políticas con algún respaldo científico, con lo que la primera respuesta de esta institución es amenazar con los graves males que nos van a azotar si no seguimos ciertas doctrinas y políticas al uso. Los efectos secundarios de cambiarlas podrían ser graves… pero la ciencia nos dice que es peor coger la difteria.

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