En negro

El pasado domingo 18 de octubre estuve viendo, como muchos otros, el debate entre Pablo Iglesias y Albert Rivera, que se ha comentado hasta la saciedad, como suele ser normal en este país, por lo general en sus aspectos más triviales. Una pregunta nada inocente de Évole (¡qué gran profesional!) permitió que ambos reconocieran suavemente algo que en este país es imposible no hacer: un pago en negro.


Las reacciones no se hicieron esperar, como no. Las del PP entran en el terreno de la desvergüenza y la desfachatez más absoluta, teniendo en cuenta que está bajo investigación judicial el pago en negro de las obras en su sede central, y que se sospecha (voy a ser prudente) que era una práctica habitual en el partido. Las del PSOE van más en la linea de la estupidez, pues el actual secretario general ya reconoció que le habían pagado en negro al empezar a trabajar.
Es un arranque de sinceridad que les honra a los tres, porque todos sabemos que es una práctica bastante común. De hecho, que alguien que se supone tiene (o quiere tener) responsabilidades públicas diga que nunca ha hecho una operación en negro da pie a pensar que, o no sabe en que país vive, o es un mentiroso. Pero más allá de eso, se trata de algo común, y la mejor forma de transformar una realidad que no nos gusta es reconocer que está ahí.
Como de costumbre, hemos dejado pasar la ocasión de reflexionar sobre el problema de fondo, que no es la evasión fiscal, sino la economía sumergida, un tema más delicado y más complejo, en el que los malos no siempre son malos. En estos últimos cuatro años, la acción de gobierno del PP no sólo ha hecho crecer la pobreza y la desigualdad, convirtiéndola en una seña distintiva de nuestro nuevo modelo de crecimiento; esto ha venido acompañado del fortalecimiento de la economía informal, que viene a ser esa parte de la economía sumergida que podría ser legal, pero que no lo es por un problema de costes, básicamente de transacción.
La reciente EPA nos deja el preocupante cuadro de una sensible reducción del número de activos: hay menos desempleados, y también menos ocupados. Es cierto que también hay emigración, pero aun no es un flujo masivo ¿qué hace la población que buscaba empleo y ya no lo hace? ¿qué hace ese creciente ejército de personas que han perdido la esperanza de encontrar un trabajo “legal”? Pues lo que cabe suponer, encontrar vías alternativas.
Es una respuesta racional, y con eso cuentan los estrategas políticos de la derecha, de manera que se puede fortalecer un modelo social de creciente desigualdad que apuntale el poder de las minorías que ahora mismo lo detentan. Como suele pasar con estas cosas, todo está interconectado; implementar políticas contra la desigualdad y la pobreza ayudaría a combatir la economía sumergida, pero para que esto suceda hace falta que esa tele de plasma que todos tenemos en mente haga fundido en negro.

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