Libre cambio y cambio climático

La filtración de documentos sobre los términos de negociación del TTIP hecha por Greenpeace  recientemente ha mostrado a la opinión pública los términos de una negociación en la que la ciudadanía en general, y los europeos en particular nos jugamos mucho. No es de extrañar que sean secretos, o al menos se haya intentado que así fuera. Ahora todos los gobiernos (y la propia Comisión de la UE) miran para otra parte y dicen que no han aprobado nada, lo cual es cierto, pero también lo es dónde están los términos de la negociación. Hoy, que es el Día de Europa, parece un buen momento para reflexionar.

Empecemos por el principio. El TTIP es un viejo sueño de la derecha europea y americana, así como de las grandes corporaciones: un tratado de libre cambio entre las dos orillas del Atlántico Norte que, según la retórica al uso, reactivaría la zona para convertirla en un área económica líder y pujante. Como ya hay una amplia trayectoria de zonas de librecambio, y hay gran cantidad de estudios sobre sus efectos en diversos aspectos (para los interesados, sugiero una búsqueda en la Biblioteca del Congreso de EEUU), ya se pueden asegurar algunas consecuencias reales. Lamentablemente, son el tipo de cosas que los promotores de estas iniciativas tienden a minusvalorar, pero que están ahí: traslados de empresas, peores condiciones laborales, menores salarios, incremento de los beneficios de las grandes corporaciones, mayor concentración empresarial, marginación de las pequeñas y medianas empresas locales, destrucción de economías locales, reducción del poder de los consumidores, eliminación de controles políticos…

Pero una victima más de estas políticas que no sale en las noticias es el medio ambiente, y específicamente las acciones de lucha contra el cambio climático, hasta el punto que podemos asegurar que no importa como sean las clausulas finales del tratado: será un retroceso y un obstáculo para la implantación del Tratado de París de 2015. No es un apriorismo irracional por mi parte, sino una reflexión basada por un lado en los hechos, y por otro en la constatación de que es consecuencia de la propia naturaleza de los procesos involucrados. Será mejor que ponga un ejemplo.

Una clausula habitual, por no decir que imprescindible, de cualquier tratado de libre cambio es la que se conoce como “trato nacional”: no se pueden hacer discriminaciones legales a productos extranjeros, esto es, se ha de tratar por igual a quien produzca localmente y a quien lo haga en el exterior. En principio suena razonable, y dentro de la lógica del libre cambio es prácticamente irrenunciable (si no se consigue eso, ¿qué clase de librecambio tendremos?). Sin embargo, es un obstáculo muy importante, por ejemplo, en programas de compra pública verde, en los que se suele premiar la proximidad (es obvio que un producto producido cerca implica una menor emisión de carbono que otro que ha de ser transportado desde lejos). Otra situación, esta ya más concreta, que podría darse si se acepta el TTIP: si se quisiera establecer un contenido máximo de azufre en los combustibles destinados al transporte (lo que sería muy deseable), podríamos encontrarnos con demandas de productores de petróleo con alto contenido de azufre (Canadá, por ejemplo).

Los medios están poniendo mucho énfasis en un aspecto importante de esta regla: la pérdida de calidad de los alimentos. Las normas europeas son bastante más estrictas en cuestiones de calidad alimentaria que las norteamericanas, y además operan sobre el principio de precaución (si no sabemos si es bueno, nos abstenemos), mientras que los norteamericanos lo hacen justo al revés (hazlo hasta que se demuestre que es perjudicial). Esta regla se extiende al ámbito del medio ambiente, y desde esa perspectiva ambiental, el criterio europeo es más sensato, y si bien permite obtener el coste social más bajo, el criterio americano permite los menores costes empresariales (de lo que se deduce dónde está el interés de las corporaciones).

Han trascendido muchas otras cuestiones, unas interesantes y otras preocupantes, pero lo cierto es que el problema no está en los detalles sino en la esencia: más dosis de librecambio perjudican seriamente la salud de nuestro planeta, de nosotros, y son la amenaza mas seria para lograr detener y reducir las emisiones de carbono a la atmósfera.

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