Roma no paga traidores

El drama desencadenado en el PSOE esta semana, tanto más con su desenlace, ya ha acuñado sus imágenes. A la vuelta de unos años la dimisión en bloque de los 17 miembros de la Ejecutiva socialista se verá como la traición que precipitó el desastre, y ninguno de los participantes podrá quitarse jamás esa etiqueta. Objetivamente, es un acto legal (puede hacerse en el marco estatutario del PSOE) y legítimo (quienes lo han hecho podían, y lo consideran justificado). Sin embargo, a nadie se le escapa que hay ciertas maniobras que retuercen el espíritu de la norma y en una institución democrática no deben hacerse. En especial, porque quienes lo han protagonizado deberían tener conocimiento político suficiente como para anticipar las consecuencias de sus actos.

220px-sede_del_psoe_madrid_01Debo reconocer mi estupefacción ante los acontecimientos, jamás hubiera creído que se hubiera podido llegar tan lejos. Me encantaría poder señalar con dedo acusatorio a uno u otro, pero la verdad es que me resulta imposible; pesa más el desánimo por una izquierda que se deshace en guerras internas sin sentido mientras la derecha se prepara para instalarse en el gobierno cuatro años más… al menos.

Hay que reconocer que la gestión de Pedro Sánchez como Secretario General ha sido bastante mediocre. El primero elegido directamente por los militantes chocó muy pronto con quienes le había apadrinado, lo cual era más que previsible: él había salido elegido por las bases, y el resto de órganos del partido no. Es un conflicto de legitimidades que fortalecía su posición desde el principio, pero parece que sus padrinos no lo apreciaron así. Esa sobredosis de legitimidad es la que debió permitirle la defenestración de Tomás Gómez, una operación torpe donde las haya, pues la pantomima posterior para tener un apoyo en el socialismo madrileño le ha costado que la dirección regional esté a la gresca con prácticamente la mitad del PSOE-M. La lectura que todos hicieron de este episodio es sencilla: retorcer los Estatutos y violentar los procedimientos democráticos está permitido. Como dice el refrán, “el que a hierro mata, a hierro muere”. Esa es la lectura hecha por los críticos, obviamente, pero cometieron un error de apreciación singular, dada la posición asimétrica de la legitimidad del puesto, y la extraordinaria coyuntura política. Nunca como ahora política interna y nacional han estado tan ligadas.

La mala gestión es una posibilidad con un cargo electo. Lo bueno de la democracia es que una vez esta agotado el mandato, tienes la opción de no votar a quien consideras que ha fracasado. Y así las cosas, son perfectamente legítimas, por tanto, las aspiraciones de Susana Díaz a cualquier puesto, como las de cualquier otro, siempre que se canalicen en los marcos preestablecidos y “conforme a derecho”. O dicho de otra forma, de buena fe, aun cuando tu rival no destaque precisamente en eso.

Dado que no hay situación tan mala que no sea susceptible de empeorar, en el PSOE se consiguió torpedear la titubeante acción de Pedro Sánchez con la de alguien que ni siquiera tenía un plan. En efecto, las elecciones del 20 de Diciembre de 2015 dejaron un panorama muy complicado. Con los peores resultados habidos hasta entonces, los críticos empezaron a socavar el margen de maniobra de Sánchez, aunque buena parte del fracaso de entonces se debió no tanto al PSOE como a las elucubraciones de la cúpula de Podemos. Tras el 26 de Junio, con peores resultados aun, para el PSOE la cuestión se limitaba a definir el papel que debía desempeñar: o dejar gobernar a Rajoy, o montar una alternativa. Y los críticos decidieron que era el momento de forzar la máquina para ir a ningún sitio. La frase de “los ciudadanos nos han colocado en la oposición”, tan repetida por Susana Díaz y sus allegados, es un sinsentido absoluto: no sólo nadie que vote al PSOE lo hace para que quede en la oposición, además el partido ha venido construyendo su imagen electoral definiéndose como la alternativa a la derecha (y desde siempre, por cierto). Proponer un repliegue sin haber probado a construir una alternativa es tanto como dinamitar la propia esencia política, dando la razón al principal rival de la izquierda. Y obviamente, ningún secretario general del PSOE puede asumir y gestionar eso.

Llegados a este punto, la gestión de la crisis es sobresaliente por lo chapucera, culminando el pasado sábado. Desde fuera, tanto para los votantes y simpatizantes como para los adversarios, los cuadros del partido se han desecho del primer secretario general elegido directamente por las bases. El discurso de la participación y la democracia interna ha quedado en ridículo, y ante la ciudadanía las estructuras del partido no son mejores que las del PP. Las consecuencias desde la perspectiva organizativa de otros partidos son previsibles: un espeso manto de silencio caerá sobre todos ellos, y adiós a los ingenuos cruces de tuits entre los líderes de Podemos.

Otras consecuencias son bastante más graves. El PSOE no tiene candidato a presidente, luego ya no hay quien lidere un gobierno alternativo. Rajoy ha ganado la partida: o él, o elecciones de nuevo. Y esto me lleva a pensar en diversos escenarios alternativos, básicamente cuatro:

  • Escenario 1: en un alarde de audacia, y consciente de que ha ganado la partida, Rajoy fuerza a la Gestora a que no sólo se abstenga en la investidura, sino que se comprometa a hacerlo con los presupuestos de 2017. Caso contrario, no se presentaría a la investidura y habría elecciones. Sin candidato y sin prestigio, la gestora cede confiando en que el tiempo lo cure todo.
  • Escenario 2: fiel a su estilo, Rajoy prefiere amarrar el resultado. Se presenta a la investidura sabiendo que el PSOE se abstendrá, lo que obviamente sucede.
  • Escenario 3: Rajoy se presenta a la investidura confiado, pero se encuentra con que, en un destello de dignidad, los socialistas siguen votando no. Las terceras elecciones son inevitables.
  • Escenario 4: Rajoy se presenta a la investidura confiado, pero se encuentra con que una parte significativa del grupo socialista abandona la disciplina y mantiene el no, y Albert Rivera, consciente de lo mucho que puede ganar, en un movimiento audaz vota no. De nuevo elecciones.

Da igual el que elijamos, porque el resultado va a ser tristemente el mismo, sea este año o dentro de tres o cuatro. Y lo peor es que seguiremos teniendo en el gobierno a un partido corrupto, y continuarán las políticas que están socavando nuestra convivencia. Terminemos; la leyenda dice que los asesinos de Viriato reclamaron al general romano que había sido derrotado por el caudillo ibero una recompensa por su felonía, mostrándole las pruebas del delito. El soldado los miró con arrogancia y replicó “Roma no paga a traidores”. Afortunadamente para algunos, Rajoy es más de pagar sus deudas.

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2 comentarios
  1. Luis. dijo:

    Como no son matemáticas y lo mismo valen tus cuatro alternativas que las que se puedan añadir ¿y si Podemos presenta -en un claro golpe de efecto- un gobierno alternativo apoyado en otros partidos?. Sin ánimo de nada, es que últimamente esto de politiquear tiene mucho más que ver con el ajedrez que con las necesidades de los ciudadanos.

    • Manuel R. dijo:

      Pues es verdad, hay más opciones. En efecto, Pablo Iglesias podría intentar hacer lo que no ha podido Pedro Sánchez. Cabe recordar el caso belga como ejemplo de que cualquiera puede convertirse en líder de un gobierno, solo falta voluntad. Si no lo he plateado es porque ahora mismo no veo nada claro cuales son los intereses tácticos de Podemos. Tengo la impresión de que las pocas ganas que han podido tener de un gobierno de progreso con el PSOE se les han pasado, y están recalibrando instrumentos. Lo que ha pasado altera muy en profundidad nuestra organización política, y va a pasar tiempo hasta que se constate la dimensión del acontecimiento.

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