De otro siglo

En un cierto sentido, llevamos un arranque de año que casi podríamos denominar “medieval”: acompañando al fanatismo islamista, al que parece que ya descontamos toda clase de enfoques segregadores de la condición humana, el cristianismo ultra parece que ha despertado en España con el “incidente del autobús”. Tal vez esto sea una ingenuidad por mi parte, porque alguno me dirá que el integrismo cristiano no se ha dormido nunca. En Estados Unidos ha llegado a la vicepresidencia, en España los obispos hacen sus declaraciones acogiéndose a una libertad de expresión de la que no gozan quienes tienen una visión opuesta a sus planteamientos, y encima se puede apreciar como no somos los que peor estamos en Europa en este terreno.

Es triste reconocer que esto podría haberlo escrito en cualquier momento de los últimos años, porque en España al menos no faltan portentosas declaraciones de obispos, ni casos de acoso al diferente en algún lugar o institución. Esta semana que acaba, además, todos aquellos que tenemos cierta sensibilidad ambiental recordamos entristecidos el asesinato impune de Berta Cáceres, activista por el medio ambiente (o sea, por la libertad efectiva y los derechos humanos) en su país, Honduras. Sí, defender el medio ambiente es defender la vida de los seres humanos, sus derechos por encima de intereses pecuniarios de corporaciones y entramados mafiosos, y eso en muchos países tiene un precio muy alto.

Pero desde mi humilde perspectiva, se ha producido un acontecimiento realmente grave que no quiero dejar pasar como una simple anécdota. En el Parlamento Europeo, un eurodiputado polaco, Janusz Korwin-Mikke, planteó ante el plenario su convencimiento de que las mujeres han de obtener menores retribuciones que los hombres porque son inferiores. No es que pueda calificar de sorprendente la declaración en sí, y por otra parte me parece bien que este señor, como ciudadano y como representante político, se exprese con sinceridad. La réplica de una eurodiputada (española por más señas) fue vigorosa, pero no hizo algo imprescindible: desmontar sus argumentos.

El señor Korwin-Mikke dijo que “estaba demostrado” que las mujeres eran menos capaces, y que por eso debían recibir menos salario. La tozuda realidad es justo la contraria, que en muchas ocasiones, en condiciones iguales, las mujeres son más eficientes, y además hay un enorme acervo de estudios que lo corroboran. El señor Korwin-Mikke afirmó que no había mujeres entre los 100 mejores ajedrecistas del mundo; no estoy al corriente de cómo está ahora mismo la clasificación, y aunque hay motivo para dudar de esas palabras supongamos que es cierto. Cabe recordar, en todo caso, que ha habido grandes jugadoras, por lo que ahí tenemos un ejemplo claro de lo importante que es la visibilidad. Dicho de otra forma, ¿cuántos jugadores federados hay por cada gran maestro? ¿y esa proporción se mantiene si hablamos de jugadoras? Esos ratios son cuestiones estadísticas, y ahí el tamaño si importa.

Pero es que la igualdad no es que las mujeres se pongan a picar en una mina, sino que puedan decidir en igualdad qué hacer con sus vidas. Es posible que en condiciones idílicas de igualdad terminara habiendo “profesiones de mujeres”, lo que vendría a suponer que tienen condiciones biológicas que las hace mejores, pero hasta el momento no podemos saber cuáles son, básicamente porque ahora hasta ahora hacen lo que pueden.

La magia de la democracia asentada en Europa es que tenemos un Parlamento en el que se habla abierta y pacíficamente, en el que se han establecido los derechos de la ciudadanía, en el que la igualdad ha de ser un valor irrenunciable y por el que vamos a tener que seguir peleando (en especial,  vistas las perspectivas que nos abre el actual presidente de la Comisión), aunque de vez en cuando se oigan voces, como la de Korwin-Mikke, de otro siglo.

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