Incendios voraces y tormentas devastadoras

Al parecer, este verano va a convencer a más de uno sobre la realidad del cambio climático. El desorden climático y los fenómenos asociados son ya tan evidentes que no hay forma de mirar para otro lado. Esto podría ser una buena noticia, si no fuera porque llegamos bastante tarde. No es que quiera ser pesimista, es lamentablemente la cruda realidad, y eso no quiere decir que podamos tirar la toalla: mitigar, reducir emisiones, es esencial para que las cosas no empeoren aun más. Para saber hasta qué punto estamos mal, sugiero el reportaje de eldiario.es en torno a los incendios, en el que se podrá apreciar cómo una política territorial equivocada se termina pagando.

cereal

Ahora nos enfrentamos a incendios voraces y tormentas devastadoras, y esperaba encontrarme en las redes debates sobre la relevancia de la adaptación frente a la mitigación, sobre si son preferibles políticas transversales frente a sectoriales… y me he encontrado con una pregunta perturbadora ¿es la democracia una forma de gobierno adecuada para afrontar el desafío climático?

Porque lo mayores contaminadores históricos son democracias, y también lo es el país que más contamina (de largo) por habitante. Es un clásico que los cargos electos tienden a eludir las decisiones difíciles hasta que no queda más remedio… o hasta que se las pueden endosar a otro. Y esto, en el tema ambiental-climático, puede ser inasumible. Es cierto que esto es así, lamentablemente, pero discutir el valor de la democracia sobre esta base es tanto como conceder que una tecnocracia va a ser capaz de determinar las políticas adecuadas. Podemos obviar cualquier otra clase de gobierno autoritario, pues no parece que ninguno destaque precisamente por su sensibilidad ambiental.

Para empezar, porque la legitimidad de una democracia nace de su criterio para la toma de decisiones. En el caso de una decisión basada en la racionalidad científica ¿cómo sabemos que es la mejor? La propia ciencia nos previene contra esto, pues la verdad lo es sujeta al conocimiento disponible.

Tomar una decisión es siempre una valoración, y la ciencia sólo ayuda a que sea una decisión informada. Solo sabremos si es buena o mala a posteriori. Así pues, el problema sigue donde estaba, en elegir adecuadamente a los representantes que tendrán que hacer políticas. Tal vez haya que ser más exigentes, porque obviamente los que eluden las decisiones difíciles no lo hacen sólo porque su electorado no vaya a entenderlo.

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