Los invasores

Aunque las asociaciones ecologistas tienen gran capacidad de difusión y son capaces de fijar la atención pública en algunos problemas ambientales, lo cierto es que la regla es que estos pasen desapercibidos hasta que pasa algo grave (los ejemplos abundan) o se hace una acción espectacular. Obviamente, vivimos en momentos en los que es complicado mirar a otras cosas que no sea el “monotema catalán”, y tal vez por eso el gobierno ha iniciado los pasos para una modificación legislativa inquietante.

Se trata de la ley 42/2007, de conservación de la naturaleza y la biodiversidad, en un aspecto singular: indultar a determinadas especies exóticas para que no sean consideradas invasoras. Detrás de esta iniciativa están grupos de presión de caza y pesca deportiva, que quieren trofeos concretos y hacen alarde en su argumentación del dinero que mueven estas actividades (que es mucho), pero que en ningún caso van a asumir los costes ambientales que esta decisión implicará, de salir adelante.

Las especies invasoras son un problema creciente, que desde hace años genera cuantiosos gastos a muchas empresas y a la administración, y que los ciudadanos también asumimos bien vía impuestos, bien vía precios, bien en forma de costes ambientales. Conocidos son los casos del mejillón cebra, del mosquito tigre o la avispa asiática, y lamentablemente la lista es creciente. Dicho sea de paso, no se trata solo de animales, también hay plantas. Una abrumadora y sonrojante cantidad de estos invasores han venido por comportamientos irracionales, como querer cazar o pescar aquí un animal no autóctono, o tener plantas bonitas en el jardín, o tener una mascota original. Sobre esto último, muchos vecindarios españoles empiezan a constatar las consecuencias de las cotorras argentinas, vistosos ocupantes de nuestros parques, que están desplazando a sus habituales inquilinos, y que ya empiezan a ser un problema para los servicios de jardinería municipales.

Definitivamente no parece que el actual gobierno se tome en serio la cuestión, y por eso ha empezado a movilizarse la comunidad científica, a través del lanzamiento de un manifiesto. Debo animar a todo aquel con un mínimo grado de sensatez a firmarlo y darlo a conocer. También animaría a leerlo, pero ahí me temo que los redactores no han pensado en un público amplio. Una pena, porque es la única forma de ganar la batalla: que nos enteremos todos de lo serio que es el problema de los invasores.

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