La prosperidad está a la vuelta de la esquina

Cuando la cortina de humo catalana nos deja, podemos disfrutar de vez en cuando en los medios de comunicación de la presencia algún miembro del gobierno o del PP hablando de la recuperación de nuestra economía. El PIB, y también el empleo, están creciendo, y eso debería ser una buena noticia, pero parece que la cosa no convence ni al propio promotor de la política económica.

Obras de un centro comercial en Madrid

La Real Academia define el concepto “recuperación” como volver a tomar lo que se tenía, o volver a un estado previo después de haber pasado por una situación difícil. Y no hace falta estudiar mucho para constatar que no estamos ni siquiera cerca de algo parecido. De hecho, si se empiezan a analizar un poco los datos que el gobierno exhibe como las pruebas de que estamos mejorando, la argumentación se desmorona. Los datos de la EPA nos señalan que si bien es cierto que cada vez hay más gente empleada, y que cada vez hay más horas trabajadas, lo cierto es que la relación de horas por trabajador se está reduciendo suave pero constantemente desde 2012; en otras palabras, no hay más actividad, lo que sucede es que la que hay se reparte. Es una señal más del cuadro de cambio social y económico que se ha producido en España en este largo invierno que empezó en Diciembre de 2011.

Sin embargo, seguimos oyendo hablar de la recuperación, y hasta los sindicatos dicen que los trabajadores han de poder beneficiarse de ella con aumentos salariales, ahora que salimos de la crisis. Buena parte del problema está en el cómo designamos las cosas, porque las palabras construyen un marco interpretativo del que después es difícil escapar. No estamos saliendo de la crisis porque una crisis es algo fugaz y coyuntural, y no hay recuperación porque no es posible volver al estado original.  Una crisis, como la define la RAE es “un cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación”, y en efecto hubo ese cambio. Se produjo con la quiebra de Lehman Brothers y el terremoto financiero posterior, hace ya diez años. Fue intenso y breve, y supuso el fin del modelo económico vigente hasta entonces. Una vez sucedió, las opciones eran dos: continuar por el mismo camino o apostar por nuevas actividades. Si en ese momento se hubiera apostado por reorientar la economía hacia nuevas bases (pongamos la generalización de las energías renovables, la descarbonización de la economía, la promoción de una economía circular) es posible que tras un par de años malos se hubiera entrado en una nueva fase de expansión.

Pero se optó por la línea de más de lo mismo, que es la que ya se había demostrado inviable. Por eso no hay nueva actividad; por eso, una década después, los tipos de interés siguen en mínimos históricos; por eso, como no hay progreso real, se ha optado por degradar las condiciones de vida y el nivel de renta de los trabajadores, hasta el punto de que tener trabajo ya no significa ganarse la vida. Las políticas económicas implementadas en España desde 2012 tienden a fortalecer la posición de las grandes empresas y los sectores que generaron la crisis, que mantienen sus beneficios a cuenta de la devaluación de los niveles de renta y son de hecho quienes bloquean las posibilidades de cambio.

Los cambios de modelo son consustanciales al capitalismo, cada fase tiene sus actividades estrella, que se convierten en los gigantes que intentarán evitar el desarrollo de nuevas empresas que terminarán por desplazarlas. EEUU es el caso más reseñable: durante su presidencia, Reagan reunió a los directivos de las 20 mayores empresas del país, años después Obama repitió la experiencia y se pudo apreciar que ninguna empresa estuvo en las dos ocasiones; en España, Suarez y Rajoy hicieron lo mismo, y solo hubo dos cambios. Es evidente que en España hay unas estructuras de poder empresarial capaces de consolidar una política económica en su beneficio, con normativa a su servicio, ventajas en el mercado, subvenciones encubiertas… todo para mantener los beneficios de unas élites muy concretas que han bloqueado las posibilidades de desarrollo de nuevas actividades. Es seguro que a Rajoy y al PP les encantaría que hubiera realmente una recuperación, pero es imposible por la propia naturaleza de la economía capitalista. Los buenos tiempos del ladrillo han pasado a la historia.

Las consecuencias de esta elección política ya las conocemos, tal vez por eso el mensaje de la recuperación no parece calar, pese a la insistencia y al hecho de haber consolidado un marco interpretativo muy favorable que repiten hasta la saciedad todos los medios de comunicación y todos los partidos políticos. Solo falta que Rajoy cite a Hoover, y diga que la prosperidad está a la vuelta de la esquina.

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