Sin agua

El pasado 22 de Enero salto a los medios una noticia de esas que parecen de la sección “curiosidades”: Ciudad del Cabo, la segunda ciudad de Sudáfrica (con más de cuatro millones de habitantes) y una de las más importantes del continente, se va a quedar sin agua. Las predicciones sobre la fecha concreta son variables, pues las reservas están vinculadas a las precipitaciones, pero en un horizonte de 90 días la ciudad no podrá garantizar suministro alguno de agua a sus habitantes.

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¿Cómo se ha llegado a esa situación? Hay dos factores a considerar. Por una parte, el clima de tipo mediterráneo del país tiende a hacerse cada vez más árido como consecuencia del cambio climático, y de hecho el país vive una sequía histórica que ya va por su tercer año (aunque tampoco es extraordinario un episodio de este tipo). Pero por otra está la negligente gestión del problema hecha por las autoridades, y ahí hay que apuntar a los males habituales: carencia de planificación, respuestas reactivas, despilfarro de recursos por corruptelas, crecimiento demográfico y explosión urbanística descontrolados,… un ejemplo: ahora se están construyendo desaladoras, pero con suerte entrarán en servicio a finales de este año.

De este desastre podemos aprender, y mucho. El cambio climático, o mejor, los cambios climáticos locales no van a ser lineales, progresivos y suaves. Serán abruptos y generarán situaciones nuevas en plazos relativamente breves, por lo que será necesario ponerse ya a planificar el escenario y el proceso de transición. Porque siendo realista, aun cuando se consiga cumplir el tratado de París este ya implica asumir una subida de la temperatura media del planeta (de 1,50ºC), que es tanto como decir que hay que empezar a adaptarse al nuevo contexto.

En España la situación puede ser terrible, dado que todas las previsiones científicas alertan de la extrema vulnerabilidad de la península ibérica a los efectos del cambio climático, y en especial con respecto a la disponibilidad de agua. La actual sequia, como avisan muchos especialistas, es ya un paso estructural. Según distintos análisis y previsiones (y no procede aquí entrar a discutir fuentes), estamos hablando de una reducción en las precipitaciones medias del orden de un 25-30% en el horizonte de 2050. Dicho de forma más llana: en treinta años lloverá un 25% menos que sobre la media actual, lo que significa que ese será nuestro escenario normal de entonces. Eso implica que de la actual normalidad a esa tendremos que establecer algún tipo de transición, dado que en la actual normalidad gastamos agua con bastante alegría.

El volumen de agua gastada no depende sólo de cada ciudadano, sino también del número de ellos que seamos, de las empresas e instituciones, del tipo de actividades que se desarrollan, de los servicios que se prestan… en suma, de nuestro modelo socioeconómico y de la configuración de nuestras ciudades. Es evidente que vamos a tener que hacernos algunas preguntas delicadas, a las que los distintos partidos políticos van a tener que ofrecer respuestas ¿Podremos mantener el mismo número de habitantes en concentraciones urbanas como Madrid? ¿Podremos tener las mismas actividades? ¿Podrán seguir siendo las ciudades igual que ahora?

Todas estas preguntas (y algunas más) tienen respuestas difíciles y llenas de matices, y van a obligar a planificar a largo plazo. No es una cuestión que podamos elegir, dicho sea de paso, porque el escenario climático coherente con esas escasas disponibilidades de agua hace a nuestras actuales ciudades muy hostiles para la vida, y con grandes requerimientos energéticos que no serán soportables. Por otra parte, no es un imposible: merced a la planificación de hace 30 años se configuró nuestro actual modelo territorial, para bien o para mal. Hay que volver a hacerlo; en aquella ocasión se quería mejorar nuestro bienestar, y en esta se trata de conservarlo… o de no quedarnos sin agua.

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