Lo imposible

Ha sucedido. Lo imposible ha sucedido. El tsunami político derivado de la sentencia de la trama corrupta del PP, primera de lo que va a ser una larga serie, ha tenido un efecto devastador. Era extremadamente grave que al partido del gobierno se le hubiera condenado por corrupción y que en la sentencia constara como un hecho que el ya expresidente sea un mentiroso; en cualquier otro país europeo Rajoy hubiera dimitido mucho antes y las cosas no habrían llegado hasta aquí, ni siquiera cerca. En España estamos como estamos porque el PP es un partido con muy bajo sentido institucional. Los grupos dirigentes que lo controlan han dado por sentado su derecho a un uso privativo del poder, lo que permite que sucedan cosas como las graduaciones universitarias milagrosas o los títulos de posgrado de saldo . No es lo único, pero sí lo más reciente.

Pero la actitud de Rajoy ha conducido a que la ola se lleve por delante algo mucho más grande, el marco interpretativo general. De nada valen las buenas argumentaciones bien fundamentadas con hechos si se estrellan contra un marco interpretativo contrario, que es lo que ha venido sucediendo desde 2008 (en realidad, mucho antes). El marco interpretativo es la forma en la que socialmente enfocamos la realidad para definir y abordar lo que entendemos que es un problema. Es algo que hacemos todos de manera inconsciente, y sólo si uno se esfuerza en replantearse las cosas podrá superarlo y tener un enfoque crítico.

Dado que hemos tenido un marco interpretativo claramente conservador estábamos dando por supuesto que había cosas que no se podían hacer, y en otras había límites infranqueables (por ejemplo, recibir el voto de fuerzas como Bildu o ERC). Un ejemplo canónico es Cataluña: es un problema definido, construido y alimentado por la derecha (catalana y española), en el que la izquierda cada vez pinta menos (tanto en el parlamento catalán como en el español la izquierda es minoritaria) y en buena parte por culpa de la misma izquierda (partidos teóricamente de izquierdas permiten investir a un president que es la versión catalana de Donald Trump, y mientras Susana Díaz mantiene las mismas líneas argumentales que Ciudadanos).

Es por todo esto que Ciudadanos ha estado teniendo tan buen resultado en las encuestas, porque lo que viene a transmitir es una idea atractiva para cualquier votante desencantado del PP: “el problema no es lo que piensas, sino que estos chicos de Rajoy son mala gente”. La moción de censura, sin embargo, ha venido a trastocar completamente este mensaje. La mejor solución para la derecha hubiera sido una inmediata renuncia de Rajoy y un rápido reemplazo dentro del partido, pero estas cosas pasan en Gran Bretaña, que tiene un partido conservador con cuatro siglos de historia. Aquí, como Rajoy ha ido quemando a su propia institución, sólo les quedaba resistir, porque la opción alternativa hubiera sido disolver el parlamento, pero eso es tanto como reconocer los hechos y precipitar el hundimiento. No creo que haya sido una opción nunca, pero la interposición de la moción de censura terminó de eliminarla.

Eso hace que el interés de la derecha y el del PP diverjan, y ahí entra Ciudadanos, que se configura como el nuevo paladín sin poner en riesgo el tinglado. Para que la operación relevo hubiera salido bien, haría falta una suave degradación de uno y un progresivo crecimiento del otro, y hasta cierto punto un reconocimiento de la derrota por parte del PP, que es lo que ha pasado en la Comunidad de Madrid. Obviamente, a Rivera le hubiera venido de perlas que se repitiera el modelo, pero no hubo suerte. Como ya he dicho, a Rajoy solo le queda el camino de la resistencia, porque se puede perder una batalla, pero no la guerra.

Y como la victoria es un absoluto, Rivera no podía permitirse dos cosas: una, la victoria de alguien que no sea él, y dos, verse acompañando a un derrotado. Y el problema de la moción de censura es que le colocaba en la tesitura de tener que elegir entre los dos males. Si apoyaba a Sánchez y al PSOE, concedía la victoria; si no, se quedaba abrazado al derrotado, y con él iría a pique su mensaje de “somos distintos, mejores y honrados”. Una opción razonable hubiera sido apoyar a Sánchez dejando claro que es un apoyo crítico buscando la regeneración, y manteniendo el discurso que hasta ahora ha caracterizado a los naranjas; es una posición de cierto riesgo, pero ofrecía posibilidades a largo plazo.

La solución adoptada ha sido la más pobre para sus intereses. Darle la victoria al PSOE es fortalecer al rival más peligroso en el peor momento, es hacer visible al líder que se ha tenido que hacer invisible, y es culminar el proceso de canonización de Pedro Sánchez: su “no es no” le obligó a abandonar el Congreso, y ahora es quien forma gobierno. Permite además que Iglesias redima su error de la pasada legislatura, y pueda romper el discurso de “amenaza para el país” con el que la derecha le señala.

Pedro Sánchez puede redondear la jugada si es capaz de sostener el discurso de la pluralidad y del diálogo, y romper ese marco de interpretación tan perjudicial para la izquierda. No es una tarea para hacer solo, claro está. Es tarea de todo el partido socialista rechazar los enfoques simplificadores, y por su parte Podemos e Izquierda Unida deben trabajar por ofrecer una visión cooperativa. No se trata de que los partidos de izquierda digan lo mismo y tengan los mismos objetivos, sino de configurar un escenario en el que la cooperación no sólo sea posible, sino que sea la norma.

Lo que queda de este y el próximo año va a ser muy difícil estando en el gobierno, qué duda cabe, con un apoyo político corto y sumamente fragmentado con intereses muy divergentes; además la situación económica y social que se hereda es lamentable, con otros frentes igual de acuciantes. Una situación realmente compleja, desde luego. Solo se me ocurre algo peor: estar en la oposición compartiendo discurso con un PP al que Rajoy no libera, y que retoma la bronca con renovado ímpetu.

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