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Archivo de la etiqueta: ética

No es una noticia demasiado relevante una moción de censura en un ayuntamiento, por mucho que se quiera ahora dar cuerda al reciente suceso de Ponferrada. Por lo general pasan inadvertidas, aunque en ayuntamientos muy grandes pueden llegar a trascender algo. Sólo si hay carnaza desde la perspectiva mediática duran un poco en los titulares, y esto por lo general da pie a perspectivas muy sesgadas, carentes de suficiente información como para un juicio de valor solvente.

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Al parecer, eso se desprende de las declaraciones del señor González Pons, todo un artista de la valoración política. Aún recuerdo, por cierto, la que se montó con otra perla gloriosa, esta vez de Pedro Castro, ex alcalde de Getafe. Sin entrar en el aspecto formal, lo que quería decir es que hay que ser idiota para querer continuar como hasta ahora, y que es momento de cambiar, de unirse al cambio que propone el PP.
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El RotoRafael Simancas ha publicado este artículo hoy en El País, y me ha parecido enormemente interesante insertarlo aquí tal cual. Reconozco que, además, suscribo su punto de vista, y ya sacaré punta a esta cuestión en otro momento:

Cuando la crisis del capitalismo es más dramática y ruge la tormenta en los mercados financieros, un movimiento cívico de apariencia potente reivindica la abolición de la propiedad privada en las redes. Si el capitalismo nos oprime y la propiedad es la base del capitalismo, ¡Abajo con la propiedad! ¿Por qué pagar por lo que queremos? ¡Defendamos los derechos de los que no pueden pagar! ¡Lo tuyo es mío y es de todos! ¡Viva la libertad de compartir y viva el gratis total! ¡Guerra a la Ley Sinde!

Resulta enternecedor. Nos rejuvenece, incluso.

Ahora bien, cuando se analiza el fenómeno con un poco de detenimiento llegan las paradojas. Para empezar se entiende con dificultad que los partidarios de la abolición de la propiedad centren sus reivindicaciones tan solo sobre la propiedad intelectual. ¿No resultaría más interesante, para los que no pueden pagar, la abolición de la propiedad de la comida, de la ropa, o de la vivienda? ¿Por qué negarse a pagar el precio de un libro o de una canción y, sin embargo, pagar sin rechistar el precio del pan, del vestido o de la hipoteca?

Tras el asalto cotidiano a la propiedad de la industria del cine, por ejemplo, no se acaba de comprender por qué que nadie plantea el asalto al Mercadona o a Zara. ¿Por qué reclamar la propiedad colectiva de una película y no reclamar la propiedad colectiva de los inmensos chalets de La Moraleja? Si se opta por no respetar los derechos de quien compró la licencia para explotar una película, ¿por qué respetar los derechos de quien compró la licencia para disfrutar en exclusiva de un chalet de lujo?

La paradoja se recrudece al comprobar que los abolicionistas de la propiedad intelectual se muestran sorprendentemente celosos en la defensa de la propiedad de los bienes propios. Yo he intentado, por ejemplo, que un abolicionista de la propiedad de todos los músicos del mundo comparta su Maserati conmigo y con un grupo de amigos. “El Maserati es mío”, manifiesta ofendido. Y uno debe llegar a la conclusión lógica de que este abolicionista de la propiedad es en realidad tan solo un abolicionista de la propiedad de los demás.

La propiedad privada constituye un pilar básico para el funcionamiento de la economía capitalista imperante, y resulta un obstáculo evidente para el ejercicio de algunas libertades. Tienen toda la razón quienes denuncian que pagar por una novela, por una canción o por una película limita su libertad de acceso a estos bienes muy necesarios. Exactamente igual que pagar por la calefacción de nuestras casas o por la gasolina de nuestros coches. ¿O es menos “propiedad” la propiedad intelectual?

Se acusa con todo fundamento a los defensores de la Ley Sinde y del respeto a la propiedad intelectual de estar protegiendo a una “industria”, en concreto a la industria cultural. Y quienes acusan están reivindicando en realidad el sacrificio de esa industria, la cultural, para favorecer el beneficio de otra industria, la tecnológica.

Porque, aparte de los usuarios de la red ¿quiénes resultan favorecidos especialmente por la transmisión y el disfrute gratuito de los contenidos culturales en Internet? Las operadoras tecnológicas, como es evidente. ¿Y por qué los partidarios del gratis total para los contenidos culturales pagan sin queja sus facturas a las empresas telefónicas por un servicio de acceso a la red a menudo caro y deficiente? ¿Quién ha decidido que han de ser las industrias culturales las que paguen con su ruina el desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación?

Y tras tanta pregunta llego a la conclusión de que mi enternecimiento puede ser en realidad pura ingenuidad. Quizás los supuestos abolicionistas de la propiedad privada tan solo pretenden abolir la propiedad de unos para favorecer la propiedad de otros. Quizás los campeones de la resistencia contra las “multinacionales de Hollywood” trabajen en realidad para la cuenta de resultados de las multinacionales telefónicas. Y quizás quienes abominan de los políticos porque defendemos las propiedades de los de “la ceja”, en realidad buscan amedrentar a los de “la ceja” para que dejen de apoyar a determinados políticos.

Aún me siento joven para dejarme arrebatar por los vientos de libertad y por lo cantos contra la opresión capitalista. Pero ya estoy mayor para que me tomen el pelo…

Rafael Simancas

Estaba escribiendo mis lamentaciones en torno a las nuevas medidas de política económica del gobierno cuando los controladores se pusieron el mundo por montera, dejaron a todo el mundo en tierra y demostraron que vivimos en otra época, en la que muchos conceptos heredados no nos sirven.

Viene esto al caso de que me han recordado, con razón, que los controladores son trabajadores. Supongo que lo son aunque por lo general cobren 20 veces más que un trabajador medio, y tienen derecho a defender sus intereses. Luego podríamos discutir cómo medir la productividad y la carga de trabajo, para aclarar la contradicción entre lo que los unos sostienen y lo que AENA afirma. Lo cierto es que tenemos muchos más controladores que Francia, mucho mejor pagados, y en nuestro espacio aéreo hay muchas menos operaciones (no voy a entrar en cifras, véase la fuente): alguien tendría que explicar por qué es más caro controlar a un avión en España que en Francia.

Lo cierto es que la economía del conocimiento que estamos consolidando va a crear un número creciente de colectivos con una capacidad de organización y presión considerable. Es la consecuencia de una sociedad cada vez más interdependiente, con actividades cada vez más especializadas. Y en ese mundo, los sistemas de negociación laboral que tenemos, la negociación sindical o el modelo de mercado, no sirven porque se basan en el conflicto.

El modelo de mercado solo es eficaz si las partes tienen un poder similar. En un mercado de trabajo esto es una ficción, de ahí que nacieran los sindicatos, y en una situación como la que perfilan los controladores, la situación sería la contraria, los trabajadores podrían doblegar siempre a la empresa. En el modelo sindical, heredero de la sociedad industrial, solo es viable si los conflictos afectan únicamente a las partes contendientes. No es este el único caso en el que hemos visto que la realidad nos ha superado, pero creo que ya es evidente.

S queremos un modelo económico distinto, todos vamos a tener que cambiar.  La sostenibilidad de nuestra sociedad pasa, en este caso, por tener voluntad de acuerdo y pensar individualmente en términos de ese acuerdo social. En un entorno de creciente complejidad e interdependencia, o todos los componentes del sistema busan soluciones de suma positiva, o el sistema se colapsa.

En las noches oscuras, cuando las costas ya estaban lejos y el mar componía el único horizonte, los marineros de la antigüedad confiaban en la pericia de sus pilotos para guiar las frágiles naves en las que se echaban a la mar. Estos, conocedores del cielo, buscaban las brillantes estrellas para orientarse.

Ayer, 18 de junio, se nos apagó una de esas estrellas. En mitad de la noche y en un mar desconocido, con el presentimiento de bajíos en una costa que no aparece en las cartas, de repente la navegación se ha hecho más difícil.

Como no solo de economía vivo, y eso que el patio está como está, me he dado un paseo por la galaxia bloguera y he sacado esta traducción de un comentario de Damon Linker para The New Republic, cogida de otro blog que sigo: la media hostia.

Hace sobre dos años escribí un ensayo para TNR en el que criticaba a los así llamados nuevos ateos —principalmente Sam Harris, Daniel Dennett, Richard Dawkins y Christopher Hitchens—. Pocos meses después continué con una crítica al Religulous de Bill Maher. En ambos casos mi punto de vista era político. Había, argumentaba yo, algo profundamente anti liberal en la intolerante hostilidad de los nuevos ateos hacia las creencias espirituales de sus ciudadanos hermanos. Lo sigo creyendo, algo que los lectores de mi nuevo libro descubrirán. Cuanto más leo y pondero los escritos de esos nuevos ateos, más me encuentro a mí mismo rechazándoles por motivos fundamentales.

Para explicár por qué, permítanme llevarles a un artículo reciente de Kevin Drum en respuesta a un poderoso ensayo del teólogo David B. Hart. Para saber más de mi complicada historia con Hart, siga leyendo. El ensayo de Hart despreciaba irritado a los nuevos ateos por dos defectos. El primero, parecen no tener intención de enfrentarse a, o incluso intentar entender, los serios argumentos filosóficos de la tradición teológica cristiana. Segundo, parecen no estar en absoluto atentos a todo lo que se ha ganado —culturalmente y moralmente— con la llegada del cristianismo y desprecian todo lo que se perdería —de nuevo cultural y moralmente— si desapareciera del mundo.

Como respuesta, Drum desprecia e incluso se burla del intento de Hart de trazar una adecuada y rigurosa toma en cuenta de Dios con la que típicamente se enfrentan los nuevos ateos. Y eso lleva al corazón de mi problema con Drum y con el resto de los nuevos ateos. Hacia el final de su artículo Drum responde e los esfuerzos de Hart de resaltar la influencia positiva de la cristiandad escribiendo que «escribir someramente que el Cristianismo reconforta o es práctico —asumiendo que crees eso— es ya difícil, primero hay que demostrar que es cierto». Y sin embargo es exactamente lo que Hart está intentando hacer en los pasajes de su libro que Drum desprecia y de los que se burla. Pero dejemos eso de lado.

Lo decepcionante es cómo de corto se queda Drum a la hora de descubrir el punto culminante del ensayo de Hart, el cual para mí es este. Las sentencias «es cierto que Dios no existe» y «es bueno que Dios no exista» son proposiciones distintas. Y aún así los nuevos ateos las mezclan indiscriminadamente. Pero hay una nueva forma de ateísmo posible, legítima y —en opinión de Hart— admirable. Llamemosla Ateísmo Catastrófico, en honor a su primer y más grande campeón, Friedrich Nietzsche, quien escribió en un arrebatador pasaje de su Genealogía de la Moral que «el ateísmo honesto e incondicional es… la inspiradora catástrofe tras dos mil años entrenándonos en la búsqueda de la verdad, al final prohibiéndose a sí misma en la mentira de la creencia en Dios». Para el ateo catastrófico, la existencia de Dios es terrible por lo cierta.

Por supuesto Hart preferiría ese tipo de ateísmo catastrófico. En el fondo es un creyente. Pero el caso es que un gran numero de ateos han tomado una posición similar. Tómese como ejemplo al físico Steven Weinberg. En su libro de 1977 sobre el origen del universo Los Primeros Tres Minutos, Weinberg se lanza a afirmar que «cuanto más comprensible parece el universo, menos sentido parece tener». Cuando algunos de sus cosmólogos amigos objetaron la elección de estas palabras, acusándole de expresar, aunque sea implícitamente, una forma de nostalgia del mundo no científico, Weinberg admitió una forma de nostalgia, la «nostalgia de un mundo en el que los cielos declaran la gloria de Dios». Asociándose así con el poeta del siglo XIX Matthew Arnold, a quien le gustaba retratar la fe religiosa en retirada ante el progreso científico como ante las olas del mar, y afirmaba detectar «una forma de tristeza» en esa «furia extensa y melancólica». Weinberg confesaba su propia pena al dudar de que los científicos encuentren «en las leyes de la naturaleza un plan preparado por un creador siempre pendiente en las cuales el ser humano juega un papel especial». Cuando se trata de Dios, lo que Weinberg cree cierto y lo que desearía que fuese cierto simplemente no coinciden.

Nietzsche y Weinberg no son los únicos ateos catastróficos. El poeta Philip Larking rechazaba creer en Dios pero al tiempo reconocía que una vida vivida pensando en la extinción segura que nos aguarda es difícilmente soportable. El escritor Eugene O’Neill parece pensar que una vida despojadas de ilusiones, incluso las teológicas, sería insoportable y nos llevaría a la desesperación y a la locura. Y luego está el caso más bien extremo de Woody Allen.

El punto no es que el ateísmo invariablemente nos lleva a una visión trágica del mundo. Otro de los héroes ateos de Hart, David Hume, parecía pensar que es perfectamente posible vivir una vida feliz y decente como no creyente. Aún así los nuevos ateos parecen desesperadamente opuestos a incluso considerar la posibilidad de que hay inconvenientes en romper con la visión teísta del mundo. En lugar de explorar los complejos y fascinantes desafíos existenciales que implica intentar vivir sin Dios, los nuevos ateos maleducadamente insisten, normalmente sin argumentos, que el ateísmo es un glorioso y nada ambiguo beneficio para la humanidad, individual y colectivamente. No parece haber decepciones en las páginas de sus libros, luchas internas o el sentido de una pérdida. ¿Están ausentes porque los autores viven en un mundo espiritual distinto al de los ateos catastróficos? ¿O es la elección estratégica de ignorar las dificultades de no creer, o la quizás razonable asunción de que un un país hambriento de motivaciones espirituales el único ateísmo viable es el que promete una vida tan plena como la del creyente? En cualquier caso, la estudiada insociabilidad de los nuevos ateos puede llegar a parecer casi cómicamente superficial y poco seria.

Así que, por todos los medios, rechácese a Dios, pero no pretendase que la verdad de su no existencia implica necesariamente que ésta sea buena. Porque no lo es.

La Iglesia Católica lleva un par de milenios diciendo cómo tenemos que comportarnos, y no va a dejar de hacerlo porque es parte de su código genético. De nada sirve que avance la ciencia, la filosofía, el derecho, la política,… es inútil porque una visión moderna del mundo, que se base en la preeminencia del individuo y su libertad sobre las imposiciones sociales, más allá de las legales inherentes al espacio de convivencia que impone la vida en un Estado de Derecho, choca de frente con una institución diseñada para el control social e individual, para que marque la pauta de nuestra moralidad.
El actual rebrote del debate sobre el aborto da una medida clara de mi afirmación anterior. La Iglesia y sus acólitos (nunca mejor dicho, por cierto) dan por sentado que su posición ha de ser universal, y por tanto incorporada al derecho positivo. Esto es tanto como suponer que es una opción “natural”, frente a quien opina distinto, y por tanto en lo relativo al derecho natural no hay margen para la discusión. Tiene gracia esa insistencia en lo natural entre quienes tienen tanto apego a lo material, por cierto. La simple insistencia en el hecho de que los que pensamos de forma diferente queremos que se nos trate de forma diferente no sirve de nada, la posición religiosa es total, en todo el sentido de la palabra. Los dogmas no están sometidos a la crítica, evidentemente, y que yo sepa la Iglesia no se basa en teorías.
La conclusión es evidente: hay que avanzar por el camino de los derechos individuales. Vamos a seguir oyendo sus gritos, su queja sobre la imparable secularización, sobre la pérdida de valores (de los suyos, claro)… no pueden evitarlo. Pero no parece mala cosa perder esos valores obsoletos, y construir la ética del hombre libre y consciente de su vinculación con los demás y con su mundo.