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Archivo de la etiqueta: laicismo

Se han puesto de moda las pelis y series de zombis, esos seres entrañables que, una vez muertos, resucitan, pero con una vida muy diferente de la que prometen las religiones: solo buscan devorar a los vivos, y a ser posible sin el trámite previo de la muerte. Coincide esto con un florecimiento generalizado de todo tipo de seres fantásticos en el terreno de la cultura audiovisual. Y por si fuera poco, nos encontramos rodeados de echadores de cartas y magos de pacotilla vendiéndonos la adivinación del porvenir en todos los medios de comunicación.

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Hoy 20 de diciembre se celebra el día mundial del escepticismo. Y lo pongo en minúscula porque es una pequeña iniciativa de todos esos locos que vemos con estupor cómo la gran mayoría de seres humanos se encuentran atrapados en prejuicios que no sólo les hace más infelices, sino que les hace más vulnerables a toda clase de manipulaciones.

En palabras de Carl Sagan, “si no podemos pensar por nosotros mismos, si somos incapaces de cuestionar la autoridad, somos pura masilla en manos de los que ejercen el poder. Pero si los ciudadanos reciben una educación y forman sus propias opiniones, los que están en el poder trabajan para nosotros. En todos los países se debería enseñar a los niños el método científico y las razones para la existencia de una Declaración de Derechos. Con ello se adquiere cierta decencia, humildad y espíritu de comunidad. En este mundo poseído por demonios que habitamos en virtud de seres humanos, quizá sea eso lo único que nos aísla de la oscuridad que nos rodea”. La cita no es casual, dado que Carl Sagan, divulgador científico que a muchos nos hizo ver el mundo de otra forma, es de alguna forma el creador de la propuesta. Una explicación e historia mejor que la mía la encontrareis en Proyecto Sandía.

Hoy es un buen día para poner en su justo sitio a todos aquellos que presumen de una superioridad moral sobre “la creciente secularización de la sociedad”, y mientras tanto protegen a toda clase de delincuentes. Tal vez es el momento de decirles que la religión de una época es el entretenimiento literario de la siguiente. Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, dijo: “Llegará un día en el que el origen místico de Jesús, con el Ser Supremo como Padre en el vientre de una Virgen, sea clasificado junto con la fábula de la creación de Minerva en el cerebro de Júpiter”. En fin, un buen día para olvidar la religión, esa cosa tan rara.

Como no solo de economía vivo, y eso que el patio está como está, me he dado un paseo por la galaxia bloguera y he sacado esta traducción de un comentario de Damon Linker para The New Republic, cogida de otro blog que sigo: la media hostia.

Hace sobre dos años escribí un ensayo para TNR en el que criticaba a los así llamados nuevos ateos —principalmente Sam Harris, Daniel Dennett, Richard Dawkins y Christopher Hitchens—. Pocos meses después continué con una crítica al Religulous de Bill Maher. En ambos casos mi punto de vista era político. Había, argumentaba yo, algo profundamente anti liberal en la intolerante hostilidad de los nuevos ateos hacia las creencias espirituales de sus ciudadanos hermanos. Lo sigo creyendo, algo que los lectores de mi nuevo libro descubrirán. Cuanto más leo y pondero los escritos de esos nuevos ateos, más me encuentro a mí mismo rechazándoles por motivos fundamentales.

Para explicár por qué, permítanme llevarles a un artículo reciente de Kevin Drum en respuesta a un poderoso ensayo del teólogo David B. Hart. Para saber más de mi complicada historia con Hart, siga leyendo. El ensayo de Hart despreciaba irritado a los nuevos ateos por dos defectos. El primero, parecen no tener intención de enfrentarse a, o incluso intentar entender, los serios argumentos filosóficos de la tradición teológica cristiana. Segundo, parecen no estar en absoluto atentos a todo lo que se ha ganado —culturalmente y moralmente— con la llegada del cristianismo y desprecian todo lo que se perdería —de nuevo cultural y moralmente— si desapareciera del mundo.

Como respuesta, Drum desprecia e incluso se burla del intento de Hart de trazar una adecuada y rigurosa toma en cuenta de Dios con la que típicamente se enfrentan los nuevos ateos. Y eso lleva al corazón de mi problema con Drum y con el resto de los nuevos ateos. Hacia el final de su artículo Drum responde e los esfuerzos de Hart de resaltar la influencia positiva de la cristiandad escribiendo que «escribir someramente que el Cristianismo reconforta o es práctico —asumiendo que crees eso— es ya difícil, primero hay que demostrar que es cierto». Y sin embargo es exactamente lo que Hart está intentando hacer en los pasajes de su libro que Drum desprecia y de los que se burla. Pero dejemos eso de lado.

Lo decepcionante es cómo de corto se queda Drum a la hora de descubrir el punto culminante del ensayo de Hart, el cual para mí es este. Las sentencias «es cierto que Dios no existe» y «es bueno que Dios no exista» son proposiciones distintas. Y aún así los nuevos ateos las mezclan indiscriminadamente. Pero hay una nueva forma de ateísmo posible, legítima y —en opinión de Hart— admirable. Llamemosla Ateísmo Catastrófico, en honor a su primer y más grande campeón, Friedrich Nietzsche, quien escribió en un arrebatador pasaje de su Genealogía de la Moral que «el ateísmo honesto e incondicional es… la inspiradora catástrofe tras dos mil años entrenándonos en la búsqueda de la verdad, al final prohibiéndose a sí misma en la mentira de la creencia en Dios». Para el ateo catastrófico, la existencia de Dios es terrible por lo cierta.

Por supuesto Hart preferiría ese tipo de ateísmo catastrófico. En el fondo es un creyente. Pero el caso es que un gran numero de ateos han tomado una posición similar. Tómese como ejemplo al físico Steven Weinberg. En su libro de 1977 sobre el origen del universo Los Primeros Tres Minutos, Weinberg se lanza a afirmar que «cuanto más comprensible parece el universo, menos sentido parece tener». Cuando algunos de sus cosmólogos amigos objetaron la elección de estas palabras, acusándole de expresar, aunque sea implícitamente, una forma de nostalgia del mundo no científico, Weinberg admitió una forma de nostalgia, la «nostalgia de un mundo en el que los cielos declaran la gloria de Dios». Asociándose así con el poeta del siglo XIX Matthew Arnold, a quien le gustaba retratar la fe religiosa en retirada ante el progreso científico como ante las olas del mar, y afirmaba detectar «una forma de tristeza» en esa «furia extensa y melancólica». Weinberg confesaba su propia pena al dudar de que los científicos encuentren «en las leyes de la naturaleza un plan preparado por un creador siempre pendiente en las cuales el ser humano juega un papel especial». Cuando se trata de Dios, lo que Weinberg cree cierto y lo que desearía que fuese cierto simplemente no coinciden.

Nietzsche y Weinberg no son los únicos ateos catastróficos. El poeta Philip Larking rechazaba creer en Dios pero al tiempo reconocía que una vida vivida pensando en la extinción segura que nos aguarda es difícilmente soportable. El escritor Eugene O’Neill parece pensar que una vida despojadas de ilusiones, incluso las teológicas, sería insoportable y nos llevaría a la desesperación y a la locura. Y luego está el caso más bien extremo de Woody Allen.

El punto no es que el ateísmo invariablemente nos lleva a una visión trágica del mundo. Otro de los héroes ateos de Hart, David Hume, parecía pensar que es perfectamente posible vivir una vida feliz y decente como no creyente. Aún así los nuevos ateos parecen desesperadamente opuestos a incluso considerar la posibilidad de que hay inconvenientes en romper con la visión teísta del mundo. En lugar de explorar los complejos y fascinantes desafíos existenciales que implica intentar vivir sin Dios, los nuevos ateos maleducadamente insisten, normalmente sin argumentos, que el ateísmo es un glorioso y nada ambiguo beneficio para la humanidad, individual y colectivamente. No parece haber decepciones en las páginas de sus libros, luchas internas o el sentido de una pérdida. ¿Están ausentes porque los autores viven en un mundo espiritual distinto al de los ateos catastróficos? ¿O es la elección estratégica de ignorar las dificultades de no creer, o la quizás razonable asunción de que un un país hambriento de motivaciones espirituales el único ateísmo viable es el que promete una vida tan plena como la del creyente? En cualquier caso, la estudiada insociabilidad de los nuevos ateos puede llegar a parecer casi cómicamente superficial y poco seria.

Así que, por todos los medios, rechácese a Dios, pero no pretendase que la verdad de su no existencia implica necesariamente que ésta sea buena. Porque no lo es.

Según la Real Academia Española, es una “actitud lógica y consecuente con una posición anterior”. Y si nos ponemos a observar lo que hace la Iglesia, no podemos sino reconocer tal actitud. No hay más que ver qué piensa de la mujer para extraer conclusiones.

Es evidente que la Católica es una religión periclitada, que entra en colisión con el desarrollo de los derechos indviduales y el progreso de la democracia… y que es financiada con los Presupuestos Generales del Estado.

Creo que es el momento de exigir que, o bien la Iglesia no se mete en política, o bien desde el Parlamento se pone a la Iglesia en el siglo XXI.

Y así todos podremos presumir de coherencia.

creencias.