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Archivo de la etiqueta: medio rural

Reproduzco a continuación literalmente una entrada de Valentín Cabero, aparecida en eldiario.es el pasado 8 de octubre, con la que no puedo estar más de acuerdo, sobre una cuestión aparentemente poco relevante, pero con una incidencia potencial sobre nuestro medio ambiente enorme. Como suele pasar con las tropelías populares, la gravedad y persistencia en el tiempo del desaguisado va en relación inversa a la atención prestada por los medios:

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Una de las grandes víctimas de la austeridad va a ser el ya muy depauperado medio rural español. Cuando las cosas van bien, la legislación obvia las peculiaridades rurales y genera modelos organizativos que tienden a discriminarlo. Cuando las cosas van mal, los recortes siempre perjudican al más débil, y territorialmente hablando ya sabemos todos quien es.

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La noticia de la negativa del gobierno a autorizar al ayuntamiento de Madrid la refinanciación de su deuda me ha cogido preparando un proyecto para un pequeño espacio rural. Las cifras, desde luego, impresionan: una deuda de más de 7.000 millones de euros es difícilmente concebible. Para los que todavía se manejen en pesetas, hablamos de 1,165 billones. El origen fundamental está en la inversión debida a la M-30, que ascendió a 4.000 millones de euros Con algo menos se hizo el AVE a Sevilla, y la línea a Barcelona ha salido por un poco más. Son las únicas infraestructuras de coste equiparable que ahora recuerdo, si bien posiblemente la ampliación de Barajas y la Terminal 4, también en Madrid, estén en este rango.

El alcalde de Madrid, D. Alberto Ruiz Gallardón, haciendo gala de su gran capacidad política, intenta hacer pasar por desigual tratamiento por parte del gobierno lo que es una aplicación de principios financieros públicos que afectan a todas las administraciones locales. Obviamente, tenía que intentarlo, dado que su gestión municipal le ha conducido a una situación que, en una empresa, estaría próxima a la quiebra. Esta situación da pie a muchos debates, por ejemplo el coste de oportunidad de las inversiones realizadas, o la capacidad de gestión de quien no hace previsiones a largo plazo sobre sus disponibilidades financieras. Más allá de mi valoración sobre el primer asunto, y de mi preocupación por la fama de buen gestor que tiene el señor Gallardón, algo que jamás podré entender, esta noticia me ha cogido, como ya he dicho, con la mente en nuestro olvidado medio rural.

Trabajaba en una iniciativa que permitirá que esa zona cuente con el apoyo profesional necesario para captar recursos y desarrollar proyectos que la mantengan viva, y me encuentro con quien tiene una nómina de asesores sin parangón ¿ninguno le pudo dar un consejo sensato? Una vez consiga el apoyo técnico, buscaré cómo financiar iniciativas. Será difícil, los fondos son pocos y los territorios competidores con necesidades básicas a cubrir muchos. Y no puedo dejar de pensar en la cantidad de cosas que se podrían haber hecho con 7.000 millones de euros.

No recuerdo un debate en el que se haya mezclado desarrollo rural y energía con tanta intensidad como en estos últimos días. Hubiese sido perfecto si, además, alguien se preocupara de la sostenibilidad. Hoy, la actualidad manda y se juntan estas cuestiones a propósito de la decisión de distintas corporaciones municipales de presentar su candidatura para la instalación de un almacén de residuos nucleares. La verdad es que la cuestión tiene muchos aspectos sobre los que reflexionar.

De entrada, y por empezar por el lado divertido de todo esto, parece ser que la mejor forma de acabar con las posibilidades de la energía nuclear en España es dejarla en manos de sus defensores. Ha bastado tener que tomar una decisión de relativa poca envergadura para lo que es esta industria para que el entramado argumental del lobby nuclear y su soporte político quede en evidencia. El PP ha demostrado que lo nuclear está bien, siempre que no esté en su caladero de votos. Y el sector pronuclear del PSOE ha funcionado igual: por si alguien tenía dudas, en materia nuclear seguridad es sinónimo de distancia.

Luego están las preguntas: ¿hace falta un almacén temporal centralizado (ATC, como es conocido) de residuos nucleares? ¿es sensato el procedimiento elegido para determinar su localización? Y sobre todo, ¿por qué el alcalde de un pequeño y encantador pueblo del medio rural, como por ejemplo Yebra, va a querer un almacén de residuos nucleares?

Un sitio para almacenar los residuos parece lógico y coherente si se apuesta por la energía nuclear, así que la situación actual es la que necesita ser explicada ¿a quién se le ocurrió eso de enviar algunos a Francia? ¿por qué nuestras centrales no tienen previsto un espacio específico de almacenamiento, y tienen que habilitar espacios provisionales? Cuando, como es mi caso, se considera que la energía nuclear es una estafa, parece sensato frenar la locura, minimizar los movimientos y mantener los daños en el lugar en el que están. Control de daños, en suma.

El procedimiento de elección ha suscitado críticas. Al parecer, eso de que quien pueda estar interesado lo exprese públicamente está mal visto, no vaya a ser que suceda lo que al final ha pasado: que uno de los tuyos te deje en mal lugar. Esto ha sido lo primero que preocupó al señor Rajoy, sin que haya expresado todavía sus preferencias de localización. Definitivamente, el modelo aznarista de designación a dedo cuenta con muchos partidarios, pues ofrece la ventaja de que es rápido y sólo se quejan los afectados ¿A quién le importa que sea poco democrático?

Nos queda la última pregunta ¿Por qué algún pueblo puede querer el ATC? Porque durante décadas el medio rural ha estado en el más absoluto abandono, porque la legislación ignora sistemáticamente esa realidad y hace muy difícil la vida allí, porque en muchas zonas rurales “apagón analógico” significará “se acabó la televisión”,… por esto y otras cosas, un alcalde sensato piensa que los agricultores apenas ganan y sus hijos se van, que los turistas están bien, pero solo vienen los fines de semana, y que eso del almacén de residuos nucleares es una inversión tremenda, que va a dar vida al pueblo durante décadas, y que los que se oponen no están ofreciendo nada a cambio que se parezca.

Y es cierto, no puedo decir que me parezca mal, porque por muy en contra que esté, el medio rural español está en una situación tal que el ATC es una solución. Hay muchos cambios que hacer, y muy profundos, si queremos que el medio rural tenga un desarrollo realmente sostenible

Los incendios se apagan en invierno. Esta observación, que la repiten todos los que de una manera u otra trabajan en el cada vez más desarrollado sector de la extinción de incendios, es una verdad tan incontrovertible como desatendida. Y otra cuestión a considerar es la muy diversa tipología: no todos los incendios son iguales. Verlos todos con la misma perspectiva conduce a errores de bulto, análogos a los que suceden con otros males cuando no se los considera con suficiente atención.

Los datos que aparecen año a año, cuando se han consumido los rescoldos del último incendio, ponen de manifiesto que más del 90% de los que se producen han sido provocados por la mano del hombre. Lo que ya varía enormemente son las causas. Contra lo que pudiera pensarse, y aunque los datos entre comunidades autónomas son muy variables, las negligencias son un elemento muy importante, por lo que la educación y la sensibilización siguen siendo espacios de trabajo, y tal vez no sean suficientes las campañas en la tele.

Otra cosa relevante es la combinación de factores que hace que haya riesgo, y permite que un incendio pase de una pequeña extensión a ser un infierno que devore cientos de hectáreas. Temperatura alta, combustible en abundancia, escasa humedad relatíva y viento son los componentes críticos. Sólo podemos incidir en la cuestión del combustible, y la conclusión a la que se suele llegar es que no se ponen recursos suficientes para “limpiar” los montes. La pregunta es obligada: cuanta menos biomasa, menos riesgo, y si se produce, menos envergadura. ¿Hay que limpiar los montes?

Hace cien años, supongo que a nadie se le ocurriría plantear esto. Los bosques eran una fuente de recursos de todo tipo, y había una gran cantidad de población que dependía de ellos para su subsistencia. Incluso había demasiada, y la presión era excesiva para una adecuada conservación. En todo caso, el resultado era que poco había que quemar, con lo que el margen de oportunidad se reducía enormemente.

Hoy en día, la situación es la inversa, no sólo hay muy poca, sino que la que queda no tiene incentivos económicos para mantener la actividad. En otras palabras, el desmantelamiento del medio rural nos hace muy vulnerables a los incendios. Hay quien cree que dejando a la Naturaleza a su aire los ecosistemas se recuperan sólos, pero lo cierto es que en la Península Ibérica, poblada desde muy antíguo, llevamos transformando el medio natural en espacios agrarios desde hace más de 4.000 años. Entre otras cosas, se han transformado las masas forestales para que generen biomasa para uso energético, una necesidad humana que los combustibles fósiles solo consiguieron reemplazar a mediados del siglo XX. Parece imposible que la transición vaya a ser rápida, fría y sencilla.

Los incendios forestales se apagarían en invierno. Se apagarían si nuestro medio rural aprovechara la biomasa que genera, pero lo cierto es que hemos creado una estructura económica que, poco a poco, lo va consumiendo. Ese es el incendio de invierno, que nadie apaga.