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Archivo de la etiqueta: Política

Y de repente, nos dimos cuenta de que los datos estaban mal. Y ahora toda la preocupación y el debate se centra en los datos, en su precisión y corrección, en la coherencia de las series… y obviamente, aderezado de toneladas de chantaje emocional que realmente no sé si conmueve realmente a alguien. Como técnico que crea, gestiona y consume datos, entiendo y comparto la preocupación, pero si me llega a estar afectando a título personal no sé hasta qué punto me preocuparía que la contabilidad estuviera o no bien hecha.

No deja de ser un debate curioso en un país que desprecia y ningunea el penoso trabajo de organizar la información para poder extraer datos analizables estadísticamente. Con mejor o peor acierto, los responsables regionales y estatales han venido haciendo lo que han podido, pero en esto, como en tantas otras cosas, no estábamos preparados. Los sistemas previos a la epidemia suministraban una serie de datos que la evolución de la misma hizo insuficientes; ahí se hizo necesario un cambio metodológico para el que no había capacidad de gestión, ni regional ni nacional. No se trata de mala intención sino de simple incapacidad de responder, porque no había medios materials y humanos. Esta despreocupación viene de antiguo, y esta sólidamente inscrita en nuestra cultura organizativa: los sistemas organizacionales no es que pretendan ocultar información, es que están diseñados obviando la posibilidad de ofrecerla. Incluso algo tan serio como el Censo, en 2011, sufrió los recortes del momento y de hecho no es tal, es una encuesta.

Cuando se destinan recursos a políticas y proyectos, todos estamos de acuerdo en que lo máximo posible vaya al contenido: si se trata de sanidad, queremos profesionales bien equipados, pero nadie se preocupa de que haya quien facilite las operaciones logísticas y procedimentales, y mucho menos que acumule información de valor estadístico. Incluso se ve mal cualquier cantidad que se destine a esas actividades de gestión, que genérica y despectivamente denominamos burocracia. Sin embargo, ese rellenar papeles y formularios es lo que alimenta la máquina de los datos, y las personas que lo hacen son las que permiten su uso. Si se ha dotado un equipo con medios, tendremos buena información, y será suficiente, desagregada, coherente y completa. Si no, fallará alguna de esas cosas… o todas.

Incluso dentro del conjunto de tareas de gestión, la depuración de datos y la elaboración de estadísticas son del grupo de las secundarias. Antes que comprobar que la información está completa, cualquier gestor se preocupará de que, por ejemplo, los ejecutores de la política tienen los medios adecuados. Al final es una cuestión de tiempo. Si no se han dimensionado las necesidades de recursos humanos (o se ha hecho pero no hay presupuesto, que es lo habitual), la capacidad de gestión de información será menor, unos dejarán de hacer una cosa y otros otra, y al final casi toda la información será dudosa (que no es lo mismo que falsa).

El problema o la tragedia, según quiera verse, es que se trata de una tarea que no admite improvisaciones. Se requiere atención, y es un trabajo para gente metódica y detallista. Es fácil echarle la culpa a quien los presenta, al ultimo eslabón de la cadena, pero es un fallo estructural del sistema. En una situación de crisis es todavía más apremiante tener buena información para poder tomar decisiones adecuadas, y es aun más asfixiante la tarea de gestión: los recursos escasos parecen un despilfarro al ser destinados a algo tan anodino como procesar datos.

Ahora que hemos descubierto que es necesario, que con buena información se pueden tomar decisiones bien fundamentadas, estaría bien más recursos en general a la toma, tratamiento y análisis de datos, mas seriedad institucional y política (que se traduciría en metodologías comunes en toda España) y menos hipocresía.

Es triste reconocer que la ciencia económica, si es que podemos emplear el término “ciencia” junto a “economía” sin que resulte un oxímoron, está en general desconectada del mundo físico, así que cuando un economista se lanza a hablar de cambio climático, como es el caso del artículo de John Gray en El País del pasado día 9 de junio, voy rápido a ver si hay un rayo de esperanza. Aparte de reconocer la realidad, sus consecuencias y repercusiones, el artículo es bastante frustrante. No hay un diagnóstico solvente porque los fundamentos de la teoría económica convencional siguen anclados en planteamientos decimonónicos, y en consecuencia las propuestas son, en el fondo, más de lo mismo. Afortunadamente, no soy el único que se ha dado cuenta. En un excelente artículo en eldiario.es Marga Mediavilla desnuda la pobre argumentación del profesor de la London School of Economics, y de hecho deja en evidencia la miseria intelectual de la actual Teoría Económica.

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Después de los prometedores resultados de las generales, los de las municipales y autonómicas han sido un golpe muy duro para la izquierda madrileña, singularmente la de la ciudad. Lamento tener que decir que era previsible, no hay sorpresa porque los indicadores estaban ahí para quien quisiera verlos. Ha habido muchas reflexiones interesantes, algunas tienen cierta gracia, y el análisis con el que más me identifico es con el que expresa en su Twitter @aida2santos. Muy recomendable seguir su hilo, y a ella de paso.

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La frustrada elección de Miquel Iceta como senador por designación autonómica, que ha bloqueado su posterior ascenso a presidente del Senado, me ha traido a la mente un ensayo breve de 1988 titulado Allegro ma non troppo, del economista italiano Carlo Cipolla​ (1922 – 2000), en el que detalla las leyes fundamentales de la estupidez humana. Para quien quiera más explicaciones sobre el contexto (y merecen la pena), lo mejor es la fuente. Yo me limitaré a enumerarlas:

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Ahora que la vorágine navideña se ha desatado, empezarán los resúmenes de fin de año, un recorrido más nostálgico que analítico, y que deberían culminar con el esperpento de la reciente cumbre del clima, y que merece una reflexión más a fondo. De este último mes me quedo con el detalle de la coincidencia de la celebración de los 40 años de la constitución con la resaca de las elecciones andaluzas, y así, justo en el momento en el que celebramos el aniversario de la salida de una dictadura fascista resulta que entran diputados de extrema derecha en el parlamento andaluz.

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Hoy, por fin, se ha puesto en marcha “Madrid Central”. Para todo aquel que no sepa lo que es o que no haya oído hablar del asunto bien por venir de Marte, bien por despiste, la cuestión se explica deprisa: es la versión madrileña de las áreas de tráfico restringido que ya hay en Londres, París, Berlín,… o incluso Pontevedra. Toda una novedad, vaya.

La necesidad de restringir el tráfico de vehículos en el centro de las ciudades es una evidencia ante los gravísimos problemas de congestión, contaminación y ruido que se registran. Como ya hay muchos estudios sobre la morbilidad asociada a estos fenómenos no me detendré en ello, basta una consulta a la web de la Organización Mundial de la Salud, o a la Agencia Europea de Medio Ambiente. El problema no es solo el perjuicio directo, sino que la contaminación atmosférica, por ejemplo, es un factor coadyuvante en multitud de patologías, y no sólo respiratorias, que alcanza incluso al desarrollo mental de los niños. Y cabe subrayar que el responsable de esa contaminación es el tráfico, pues el resto de agentes emisores (las calefacciones, por ejemplo) en Madrid no llegan al 20% del total de emisiones. El tráfico, además, nos añade ruido y congestión, por lo que la cuestión es, por tanto, restringirlo. Hay qué decidir qué, y sobre todo cómo implementar esas restricciones, o dicho en otras palabras, tener una política.

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Pablo Iglesias nunca ha sido santo de mi devoción, pero no me duele reconocer su valor como político y como estratega en este terreno. Ha sido capaz de liderar la creación de una fuerza política, Podemos, que ha sabido dar una respuesta a parte del descontento de la crisis, y la ha colocado en una posición clave en la política española a todos los niveles. También cabe poner en su hoja de servicios haber generado una buena agitación en la izquierda española, la suficiente al menos como para que volviese a ser visible. Valga todo esto para reconocer que sentido político no le debe faltar. En todo caso, la actualidad manda: todo eso importa ahora poco.

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Al parecer, este verano va a convencer a más de uno sobre la realidad del cambio climático. El desorden climático y los fenómenos asociados son ya tan evidentes que no hay forma de mirar para otro lado. Esto podría ser una buena noticia, si no fuera porque llegamos bastante tarde. No es que quiera ser pesimista, es lamentablemente la cruda realidad, y eso no quiere decir que podamos tirar la toalla: mitigar, reducir emisiones, es esencial para que las cosas no empeoren aun más. Para saber hasta qué punto estamos mal, sugiero el reportaje de eldiario.es en torno a los incendios, en el que se podrá apreciar cómo una política territorial equivocada se termina pagando.

Verano en la llanura toledana

Ahora nos enfrentamos a incendios voraces y tormentas devastadoras, y esperaba encontrarme en las redes debates sobre la relevancia de la adaptación frente a la mitigación, sobre si son preferibles políticas transversales frente a sectoriales… y me he encontrado con una pregunta perturbadora ¿es la democracia una forma de gobierno adecuada para afrontar el desafío climático?

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La celebración del Orgullo, un fasto comercializado globalmente que no ha hecho que se olvide su carácter reivindicativo pese a todo, ha coincidido (entiéndase la ironía) con la propuesta legislativa de Ciudadanos sobre maternidad subrogada. En principio son dos fenómenos independientes, pero reconozcamos que han sido vinculados por un hecho común: el poderoso papel del dinero como vía de normalización.

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Y por fin llegaron las primarias socialistas. La falta de visión estratégica de la que han hecho gala los gestores del PSOE es significativa, pues habiendo podido solucionar el conflicto abierto con rapidez, han preferido dilatar los tiempos. Es un clásico de los últimos años, dicho sea de paso, porque Rubalcaba estuvo jugando tres años al “vamos a renovarnos” y… estas son las consecuencias.

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